DÍA 8 DE SEPTIEMBRE

NATIVIDAD DE LA VIRGEN MARÍA

Y FESTIVIDAD DE 

NTRA. SRA. DE MONSERRATE, PATRONA DE ORIHUELA

 

 

Nuestra Señora de Monserrate —que no Montserrat—para que nadie tenga duda alguna. Cuenta la historia que su imagen fue escondida por algunos oriolanos para evitar su destrucción durante la invasión musulmana. En el transcurso de los años, después de la Reconquista, nadie sabía nada de ella hasta que en el año 1306, el tañido de una campana se estuvo escuchando en todo el pueblo durante tres noches consecutivas; los oriolanos siguieron el sonido hasta llegar a un lugar de la sierra donde se oía con más intensidad; cavaron en la peña y descubrieron una cueva donde, debajo de una campana se encontraba la imagen de la Virgen sentada en una silla, llevaba un niño en sus brazos y éste un pájaro entre sus dedos. En ese lugar se edificó el actual santuario donde se venera a nuestra Virgen.

El nombre que había que ponerle a la que fuera posteriormente Patrona de la ciudad se eligió por suerte, barajado entre otros; al final se le puso Nuestra Señora de Monserrate —que quiere decir “monte aserrado”—. Dicho nombre causó algunos problemas con los Benedictinos del monasterio de Montserrat (Barcelona); pero el Papa Sixto IV resolvió el conflicto en una Bula el 12 de agosto de 1484 a favor de Orihuela.

En el año 1633, fue proclamada Nuestra Señora de Monserrate Patrona de Orihuela, señalándose el 8 de septiembre el día de su conmemoración.

Así es a grandes rasgos la historia de nuestra excelsa Patrona; pero historiadores muy doctos hay para comentar estas cosas, yo simplemente he dado unas misceláneas para aquellos lectores que desconozcan el hecho milagroso del hallazgo de nuestra Virgen. Mi intención al escribir este modesto artículo no es otro que recordar cómo se celebraba en Orihuela dicha festividad en mi juventud.

El día 8 de septiembre era muy importante para la vida de mis coterráneos de aquella época. Significaba, además de la conmemoración propiamente dicha, el fin de las vacaciones estivales. Era tradición que ese día todos los oriolanos que se desplazaban a las playas o al campo a pasar sus días de descanso estuviesen de vuelta en Orihuela por esa fecha.

Una semana antes de la festividad, se anunciaba al pueblo la proximidad de la fiesta con pasacalles que daba la “charamita”, tocada admirablemente por “El Catalo”. Paseaba por todas las calles y hacía paradas en aquellos lugares donde había alguna hornacina con la imagen de la Patrona. En el antiguo edificio de Correos de la plaza Caturla, había una en la fachada mirando hacia la cuesta del Seminario, tenía un farolillo a cada lado que sólo se encendían por esas fechas; allí “El Catalo”, acompañado como siempre por el tambor de “Josete”; que era uno de los mejores de la ciudad, se recreaban tocando un buen rato haciendo ambos un homenaje particular a nuestra Virgen. Algo muy habitual era que los “zagales” que andaban por las calles jugando siguieran por todas partes a la “charamita”.

Durante varias noches antes de la festividad, desde la Cueva del Tío Paco, se disparaban morteretes, ponían los artificieros varios tubos metálicos con la pólvora necesaria y daban unas explosiones que retumbaban todas las casas del pueblo. Estos morteros sólo se tiraban en honor de la Virgen de Monserrate, en ninguna otra celebración.

La alborada o serenata que se le dispensaba a la Virgen era preciosa, la banda municipal Unión Lírica Orcelitana, sobre las diez de la noche del día siete se situaba en la puerta de las cadenas de la catedral, en el incomparable marco que forman el monumento mencionado y el adyacente palacio episcopal, con una iluminación extraordinaria, bajo la experta batuta de su director don Bienvenido Espinosa, daba un concierto dedicado a nuestra Patrona algo digno de escuchar. La gente se agolpaba en las inmediaciones de la plaza de El Salvador, paseando por toda la calle Mayor desde la calle Colón hasta la plaza del Teniente Linares; todo era un ascua de luces. Se experimentaba una simbiosis de alegría, bienestar, fraternidad, armonía y un orgullo desmesurado de ser oriolano.

El día ocho, se hacía la procesión solemne, los fieles cantaban aquello de “¡Viva la Virgen de Monserrate, sobre mi pecho tiene su altar!” [...]

A las doce de la noche se daban por finalizado los actos conmemorativos con un gran castillo de fuegos artificiales disparado como siempre desde la Cueva del Tío Paco, a los pies del Seminario de San Miguel.

Mis felicitaciones a todos mis paisanos en ésta nuestra festividad, a los residentes y a los ausentes que, aunque nos encontremos fuera, siempre llevamos a la Virgen de Monserrate en nuestro corazón.

Antonio G. Colomina Riquelme

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