ARTÍCULOS

 

 

HOJA DEL LUNES DE ALICANTE

 

Una publicación de la Asociación de Periodistas de la Provincia de Alicante

 

De libros y recuerdos

JULIO CALVET BOTELLA

28/09/2020

 

Titulo: Orihuela. Desde la escalera de San Miguel

Autor: Antonio Colomina Riquelme

Primera edición, 2019. Editorial Club Universitario

C/ Decano nº 4, San Vicente del Raspeig (Alicante)

 

Yo no creo absolutamente en las coincidencias. Y por el contrario creo en la libertad. Y que, en función de la libertad, es por lo que en la vida, surgen lo que no son más que aparentes coincidencias.

Y creo que es cierto el dicho que conocemos de que “las palabras se las lleva el viento”, porque el paso del tiempo hace que hasta el nombre y las palabras, acaben perdiéndose del recuerdo. Sólo hay una posible excepción, relativa si se quiere, pero real: Quien deja en la tierra un libro escrito, tiene muchas posibilidades de que su recuerdo y sus palabras puedan surgir de la oscuridad en los tiempos futuros.

Ha escrito Emilio Lledó, en su interesante ensayo, Los Libros y la Libertad, que: “Ante los libros, mientras el tiempo nos sostiene y alienta, somos capaces de recuperar lo que otros seres como nosotros gozaron, sufrieron, soñaron, pensaron. Una cierta forma de eternidad, que nos permite alargar nuestra vida hacia otras vidas y alimentarnos de ellas”.

Ser escritor o poder ser tenido por tal, es consecuencia de un don creativo que se posee, y que se fundamenta en el lenguaje y sobre todo en el sentimiento. Y para ello es preciso que la palabra y el sentimiento se escriban desde la armonía de aquella y desde la intensidad del alma.

Y estamos ante un libro que es un lujo de la palabra y del sentimiento. El libro de Antonio Colomina Riquelme Orihuela Desde la escalera de San Miguel.

La libertad es siempre la capacidad de elegir entre dos o más opciones solo una de ellas. Y es un bien personal, y se tiene para todo. Hay hasta libertad de conciencia. Y hay que creer en la libertad, que se concreta en la palabra “decidir”. Y la libertad determina que surja lo que pueden ser aparentes coincidencias. Esta opinión o creencia podrá ser discutible. Pero al menos a mí me ha pasado más de una vez.

Creo que fue en el año de 2007, cuando en uno de mis múltiples paseos por esos sitios donde se venden libros, me tropecé en uno de los anaqueles del establecimiento, con uno de ellos que se titulaba Orihuela, dulce pueblo. Estaba escrito por Antonio Colomina Riquelme, un escritor oriolano a quien no conocía, y no solo me detuve para ojear el libro, sino que acabé adquiriendo un ejemplar.

Lo leí con ilusión. Ya su título me invitaba a ello. Y en la palabra de su autor, Antonio Colomina Riquelme, redescubrí a Orihuela. Aquella Orihuela “de antes”, que yo recordada como pedazos cortos de mi vida. Y como en la solapa del libro Orihuela, dulce pueblo, venía el correo electrónico de su autor, le remití una felicitación por su libro que tanto me había gustado.

Recibí una pronta contestación electrónica del escritor, y poco después, aún sin conocernos personalmente, me pidió que le presentara su segundo y próximo libro titulado Orihuela. Sus calles, sus plazas, sus gentes, cuya petición acepté, y que se celebró en Orihuela el día 13 de diciembre de 2007, en el entonces llamado Conservatorio Municipal de Música Lonja Municipal, con una notable asistencia y la presencia del autor del prólogo del libro, nuestro recordado amigo, el escritor y periodista Tirso Marín Sessé.

 La coincidencia y la libertad o viceversa. Yo pude no haber comprado el libro. No haber felicitado a su autor. Y dejar la ocasión para después. Yo pude haberme excusado de la presentación. Pero resulta que yo nunca me he esperado a la segunda vuelta. Una segunda vuelta que además no se merecía Antonio Colomina Riquelme, que además de un brillante escritor, es un hombre sereno, honrado y firme en sus amores y convicciones. La lealtad es para él un signo definitorio y distintivo.

Pero es que Antonio Colomina pudo haber hecho lo mismo conmigo. Ante mi comunicación de felicitación por su libro, contestarme dándome las gracias y nada más. Pero él, como yo, se subió al camino de mi vida para compartir una amistad de esas que se dice, “para siempre”.

También creo, como él, que los libros son también nuestros amigos. Esos amigos que hay que cuidar y que, tras su lectura, y acaso subrayados, conservarlos con esmero, sobre todo cuando tienen el alma de papel.   

Antonio Colomina Riquelme, que es un prolífico escritor, va dejando los rasgos de su alma prendidos en su pluma sobre todas las cosas que escribe. Tras sus anteriores libros, Orihuela, dulce pueblo, Orihuela. Sus calles, sus plazas sus gentes, Como la seda y el esparto, Memorias de un zagal de la posguerra, y Orihuela en mis artículos, nos trae su nuevo libro: Orihuela desde la escalera de San Miguel.

Ante todo, y lo diré más veces, es un libro magnífico.

Me faltan palabras para comentarles este libro, pues en él, voy y vuelvo por entre sus páginas, por generosidad de Antonio para conmigo, en el que nos trae de nuevo a Orihuela, a esa Orihuela de su vida, a ese tiempo nuevo, pero viejo a la vez. Y lo hace con el anhelo del recuerdo emocionado de su vida y de sus gentes. Es en realidad y aunque no lo parezca un libro biográfico: “El pasado forma parte de nuestra existencia, quererlo olvidar es mutilar nuestra vida”, nos dice casi como advertencia, en su nota introductoria.

Y esto es cierto y es esto así. Ya nos dijo el gran poeta de Bohemia Rainer María Rilque: “porque acaso no se es más, que del país de la infancia”. Y Antonio Colomina es de Orihuela, y Orihuela le ha seguido a lo largo de su vida como un recuerdo enamorado.

Y tras ese pensamiento verdadero, el libro de Antonio Colomina  nos va a recordar a esa Orihuela de sus años mozos, vista y recordada desde la “Escalera de San Miguel”, esa escalera que marcó su vida, y  que el gran poeta oriolano, aún no bien del todo reconocido, Carlos Fenoll, nos la describiera diciendo:

San Miguel
Fragancia a tomillo. Sol.
Baja la gente en tropel
La cuesta del caracol…

Como en continuo retrato iluminado, ante el lector, nos aparecerá una amplia colección de sus escritos, tanto del tiempo viejo, como del tiempo nuevo. Tiempo poblado de sus gentes, de su entorno y de su paisaje. Por eso he dicho antes que es en realidad un libro biográfico.

“Temas costumbristas oriolanos” será el inicio este libro, donde nos encontraremos con el capítulo que titula “Esplendor oriolano”. Es un artículo-estudio luminoso, como un amplio introito, donde nos contará buena parte de la historia de Orihuela, de su belleza arquitectónica y de sus personajes, para seguir luego con estudios tan oriolanos como los referidos a “San Isidro”, o “El volar la milocha” y muchos más. ¿Qué fue de todo aquello, me pregunto yo, y nos preguntaremos todos los que pintamos años? Bueno, y en este capítulo Antonio Colomina, nos contará muchas cosas, que no quiero aquí desvelar más.

Puede que algún lector o lectora se vea retratado, o le traiga al recuerdo alguno de sus seres queridos, y que ante ello, sus ojos hagan esfuerzos por evitar que se derrame una sentida lágrima. Pero no tengan miedo porque llorar… dejar correr una lágrima, es un homenaje al sentimiento.

Seguirá el libro con el capítulo titulado “Temas Religiosos”.  Hay en este grupo de artículos, el que titula “Mis recuerdos del antiguo Oratorio Festivo” muchas de sus experiencias de activo colegial. Ahí está toda una vida de adolescencia y juventud, y un artículo que no podía faltar: “Nuestro Padre Jesús me atrae”, se llama.

Luego en su Capítulo Tercero, nos contará trasuntos de vivencias personales titulados “Relatos Breves”, como “Javier, un cruzado en la corte celestial” o “La matanza” y otros magníficos relatos.

En el capítulo siguiente están las “Presentaciones Literarias y Prólogos”, propios y ajenos, que es un compendio de su actividad literaria. Y por fin, un Quinto capítulo denominado “Varios”, que nos irán presentando historias, personajes, hechos notorios… Toda una Orihuela vital, con nombres propios. Y finalmente un canto emocionado al Ejército al que en un tiempo sirvió.   

Y no puedo contar más. Haría un flaco favor a su autor si lo contara todo, pues está el libro para leerlo serenamente, despacio y evocando nuestros recuerdos, porque no es un libro para leerlo de una “carrera”, ni es un libro para leerlo una sola vez. Es un libro para luego evocar los recuerdos que nos cuenta, recorriendo las calles y esquinas de Orihuela.

Y no es solo un libro para los hombres y mujeres de Orihuela. Es un libro también para quienes no conozcan este pueblo ni a sus gentes. Y que, tras su lectura, estoy seguro, sentirán la curiosidad de conocerlo y venir a esta tierra. Ya dijo Juan Gil-Albert en su libro Gabriel Miro: Remembranza, cuando habla de la novela El Obispo Leproso, que “Es Orihuela el lugar de la acción -Oleza- en el libro. Orihuela elevada ahora en calidades estéticas a la categoría de León, Granada y Toledo. Porque ¿quién, al terminar de leer ese libro no siente las ansias de visitarla?… “Y la ciudad subía en el azul como una vieja custodia de piedra, de sol y de cosechas, estremecida de campanas y palomos”. Frases de Miró que nos dan un optimismo de bellezas, un optimismo de mundo bueno para criaturas de corazón ancho”. Y esta sensación y deseo nos quedará también tras la lectura del libro, Orihuela desde la escalera de San Miguel.  

Y la palabra. Sobre todo, la palabra. La palabra como redención. La palabra verdadera y necesaria, que agradecía Machado. La palabra, que como dice Olegario González de Cardedal, “con su luz y lumbre reganamos el gozo de vivir y la dignidad de ser hombres”. La palabra en libertad, añadiría yo. En libertad y con dignidad.

Aquí está la palabra escrita de Antonio Colomina Riquelme desde la escalera de San Miguel.  

Terminaré este comentario con un poema, que titulé “El paisaje del alma”, de mi libro Versos del mar y otras soledades, y que dediqué: “A Antonio Colomina, que con su corazón pasea por las calles y plazas de su pueblo”:

El paisaje es el aura de su cielo,
el rigor de sus montañas,
el verde o gris de sus flores,
el encuentro de las cosas con las almas,
el barroquismo del sentido
y también del sentimiento.

El barroquismo del acanto
y la voluta encendida de sus flores,
de su estampa y de sus soles,
y del perfil de sus gentes.

Bastará con pasear, lentamente,
en una noche de otoño por Oleza,
cuando el reloj de la Catedral
toque los cuartos de las once de la noche.

Y escuchar el silencio tan solo quebrado
por el llanto de un niño que no duerme.

Y sentir como cae sobre nosotros
como una lluvia leve
la inmensidad de una nostalgia
del pasado de su vida y de la propia nuestra.
Porque el pasado es imborrable,
porque siempre está habitado, por personas
que se fueron para siempre.

Mi enhorabuena Antonio Colomina Riquelme por tu nuevo libro Orihuela desde la escalera de San Miguel.

Alicante, en el primer día del otoño del año 2020.

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El autor Antonio G. Colomina, posa en Gibraltar con un policía colonial británico

 

 

 

GIBRALTAR, SIEMPRE ESPAÑOL

 

 

 

A propósito del altercado suscitado por las autoridades de Gibraltar con los pescadores españoles, y anteriormente con las patrulleras de la Guardia Civil que vigilan el narcotráfico procedente de la roca en la Bahía de Algeciras, me gustaría hacer algunos comentarios al respecto.

Como todo el mundo sabe Gibraltar fue usurpada en 1704, en una acción conjunta de la marina británica y holandesa. Por asuntos de política internacional y sucesiones monárquicas que ahora no vienen al caso, España se ve en la necesidad de firmar un tratado en Utrech (Países Bajos), por el que concede a Inglaterra la propiedad de Gibraltar, según el artículo X de dicho tratado que dice textualmente: "España cede la ciudad y castillos de Gibraltar, juntamente con su puerto, defensas y fortalezas que le pertenecen, sin jurisdicción alguna territorial y sin comunicación alguna abierta con el país circunvecino por parte de tierra".

Los británicos, desde la ocupación de Gibraltar han vulnerado reiteradamente el tratado de Utrech, aprovechándose, posiblemente, de su poderío militar, económico y su influencia política a nivel mundial.

Pero, de todas las violaciones que han llevado a cabo, creo que la más grave y villana se produjo en 1815 (111 años después de su ocupación). La población de Gibraltar padeció una epidemia de fiebre amarilla, el gobierno británico cursó una petición al español para instalar unos barracones en zona neutral que sirvieran de hospital para los enfermos al carecer de espacio en la roca; España humanitariamente accedió al ruego inglés, pero una vez acabada la epidemia, lejos de retirarse de esta zona, construyeron una verja apropiándose también del territorio neutral. Esta expansión territorial es la que les sirvió muchos años después para ampliar su población y construir —aprovechando la confusión de la Guerra Civil española— el actual aeropuerto.

Ya, en la Era moderna, siendo ministro el Sr. Castiella (1969), se cerró la verja que daba paso terrestre a la Colonia, cumpliendo así una de las condiciones del tratado y como medida de presión por parte del Gobierno Español, quedando cortado el cordón umbilical que daba vida a las dos ciudades: Gibraltar y La Línea de la Concepción. Cinco mil trabajadores españoles quedaron en paro y los gibraltareños sufrieron la asfixia al verse aislados sin alimentos frescos, ferias, corridas de toros, partidos de fútbol y el vinito de las estupendas bodegas linenses. Mientras tanto, el Gobierno Español recolocaba a los obreros en puestos de trabajo ofertados por toda la geografía nacional y emprendió un plan de desarrollo para el Campo de Gibraltar. Industrias como: Petroquímica, Refinería de petróleo, Acerinox, Confecciones Gibraltar, etcétera. Miles de viviendas sociales se edificaron y se crearon diversos centros de enseñanza. Se construyó un gran estadio de fútbol, entre otras instalaciones deportivas, así como centros culturales y sanitarios.

En 1982 fue abierta de nuevo la verja para peatones y tres años después para vehículos; recobrando, tanto la zona administrada por los ingleses como la española, una actividad comercial y turística de primer orden.

Lejos de lo que mucha gente cree al Reino Unido le importa bien poco poseer seis kilómetros cuadrados de piedra y una pequeña ciudad de treinta mil habitantes hispanoparlante a miles de kilómetros de Londres. Que Gibraltar es territorio español es una obviedad, pero para los británicos es una base militar de gran importancia. Al Peñón han sabido sacarle partido, es una fortaleza, existen en su interior un laberinto de túneles, pasadizos y galerías, donde la guarnición militar inglesa aloja sus arsenales armamentísticos. El Reino Unido no quiere ni oír hablar de la descolonización de Gibraltar; para ellos es uno de los últimos reductos de su imperio colonial, la puerta del Mediterráneo, una de las legendarias Columnas de Hércules, la joya de la corona...

Las ciudades de Gibraltar y de La Línea de la Concepción están unidas indisolublemente por lazos de consanguinidad y económicos. La segunda se hizo a la sombra de la primera. Son centenares los jóvenes gibraltareños o “Llanitos” —como también se les denomina—, los que se han cruzado mediante el matrimonio con los linenses. Viven infinidad de niños en Gibraltar que tienen a sus abuelos, tíos y primos en la parte española y viceversa. Reciben una educación a la inglesa, sin embargo, el idioma habitual entre ellos es el español con acento andaluz, entremezclando en las conversaciones palabras sueltas o pequeñas frases en inglés.

Las circunstancias tan especiales que envuelven a toda la zona hacen necesario un acuerdo tácito de convivencia pacífica entre ambas partes, no exento de la histórica reivindicación española sobre la Colonia. Nada que ver con el caso de Ceuta y Melilla —aunque algunos se empeñen en hacer cierto paralelismo—; estas dos últimas ciudades, aunque en suelo africano, ya eran españolas antes de que se fundara el reino de Marruecos.

Deben de cesar por parte británica los hostigamientos e intimidaciones hacia nuestros pescadores y Fuerzas de Seguridad. Nuestro ministro de Exteriores debería recordarle a su homólogo inglés que para llegar a Gibraltar hay que franquear necesariamente el espacio aéreo, las aguas jurisdiccionales o la frontera terrestre españoles, por lo tanto, las llaves del Peñón, aunque les pese, las tiene España y, aunque no sería deseable, puestos a molestarnos algo podremos hacer…

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ANIMALES


 

 Amo tanto a los animales, les veo tan vulnerables, son tantos los abusos que el hombre ejerce hacia ellos,  que soy incapaz de tener alguno, aunque parezca una incongruencia así es.

       Cuando era un niño, en casa de mis padres había una perra loba, se llamaba Almenara, vivía como uno más de la familia, la cuidábamos y ella nos cuidaba a nosotros, en la parte trasera de la casa había un gran patio con algo de terreno donde mi padre gustaba de criar animales y plantas, ella mantenía a raya a cualquier ladronzuelo que quisiera acceder a robar algún conejo o gallina de las que teníamos allí. Con sus ladridos ahuyentaba al ocasional intruso, alertando enseguida a mis padres que salían inmediatamente a mirar por los sitios donde era susceptible de colarse algún amigo de lo ajeno.  Se hizo viejecita mi perra y la vimos enfermar. Confieso que todavía  recuerdo aquella mirada triste y angustiada de mi Almenara, que parecía querer despedirse de nosotros. Al escribir esto aún me emociono y me estremezco al recordar aquellos ojos. Mi pobre perra murió después de llevar en mi casa muchos años. Me prometí a mí mismo que cuando me independizara y tuviese mi propio hogar jamás tendría ningún animal de compañía. Sentí aquella muerte como si de un familiar muy allegado se hubiese tratado.

     Después de muchísimos años, ya casado y con hijos, un día llegó volando hasta mi balcón un canario, posiblemente escapado de la jaula de alguien cercano a mi domicilio, pero al no enterarme quién era su propietario no lo pude devolver. Mis hijas, muy pequeñas todavía, me rogaron que comprase una jaula y alpiste para cuidarlo ellas. Era muy bonito, tenía un plumaje variopinto, a los pocos días comenzó a cantar por las mañanas, era una maravilla escuchar sus gorgoritos y cambios de tono. Todos los días desayunábamos con un concierto que nos daba nuestro Nicol—así le llamábamos en casa.

      Llevaba con nosotros poco más de un año y dejó de comer, se acurrucó en el extremo de uno de los palos que tenía la jaula y ya no cantó más. Me dio tanta tristeza verlo así que me arrepentí de haberle dado cobijo, al final murió. Mis hijas, llorando amargamente, con una tela de raso forraron un viejo estuche de lápices e introdujeron dentro al pobre pajarito tras darle un beso, una vez cerrado, me pidieron que le diese sepultura. Así lo hice, con un nudo en la garganta me marché a un parque cercano a mi domicilio, allí, debajo de un pino, hice un agujero y deposité la cajita con lágrimas en los ojos.

      Todo esto viene a cuento por las barbaridades que el ser humano comete con los animales simplemente por diversión. Hace unos días vi en la televisión como lanceaban a un toro en Tordesillas sin ninguna piedad. Los mozos, por una mal entendida tradición, echan a la calle una res y la ensartan con lanzas desde todos los puntos hasta abatirla, el animal, mira hacia todos los lados asustado sin comprender por qué le hacen eso. Le dan una muerte horrorosa mientras ellos se ríen y saltan de alegría.

      En Manganeses de la Polvorosa, hasta hace poco lanzaban una cabra desde un campanario. Ahora, para evitar sanciones de la autoridad tiran un muñeco con fuegos de artificio.

      Son diversas las ciudades que en sus fiestas echan toros a la calle: El toro embolado, bous al carrer, toros al agua, el toro ensogado. (…)

     En Candás, hacen algo que a simple vista parece muy inocente, la suelta de patos al agua. A decir de algunos expertos esos animales sufren porque se tiran a cogerlos muchos jóvenes bañistas y los asustan; además, el agua salada no es el elemento natural de ellos.

     Se celebran fiestas donde cuelgan por las patas aves vivas y los mozos se tiran a cogerlas arrancándoles  la cabeza.

      Todos los animales, sin excepción, son explotados por el hombre: Carreras de caballos, carreras de galgos, peleas de gallos, corridas de toros… Y no digamos aquellos que producen: Gallinas enclaustradas comiendo día y noche con luz artificial para la producción de huevos, vacas que son ordeñadas mecánicamente sacándoles el máximo provecho, mataderos donde abren en canal algunos animales todavía vivos, ocas que las embuten para engordarles el hígado artificialmente y producir más cantidad de paté…

      Las corridas de toros siguen siendo el máximo exponente del maltrato animal por parte del ser humano. El toro, bien criado en la dehesa—no lo discuto—, lo meten en un cajón de unas proporciones tan reducidas que no puede girar hacia ninguna parte. Lo trasladan hasta el lugar donde se va a celebrar la corrida—a veces,  cientos y cientos de kilómetros—. Después vendrá el clavarle la divisa en su lomo, ser picado desde un caballo—que también sale con los ojos vendados y exponiéndose la vida—, es banderilleado y muerto a estoque, algunas veces tan mal que tiene que ser descabellado torpemente repetidas veces. Cuando el toro, en legítima defensa, proporciona al torero una cornada le llaman “toro asesino”. Yo me pregunto: ¿Quién lo es más?

      Los animales irracionales se merecen un respeto por parte de los animales racionales, al fin y al cabo somos todos seres vivos que hemos nacido y vivimos en este planeta que llamamos Tierra, (otra tontería del hombre cuando las tres cuartas partes del planeta es de agua). A veces, el instinto de los animales supera a los sentimientos del hombre, si no, vean esos casos que se dan de perros que al morir sus dueños se van al cementerio al lado de la tumba y acaban muriendo ellos también de hambre y de tristeza.

      Y todo el bien que hacen por la humanidad: lazarillos inseparables de personas con ceguera, perros policía que ayudan a encontrar niños perdidos o heridos en catástrofes como terremotos, búsqueda de alijos de droga, etc.

      Deberíamos meditar sobre las enseñanzas de San Francisco de Asís y, como él,  considerar a los animales verdaderos hermanos nuestros.

      Qué razón tenía Roberto Carlos cuando cantaba aquello de “…yo quisiera ser civilizado como los animales…”

 

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LA MUJER TRABAJADORA

 

 

Las lumbreras que han elegido el nombrecito se han llenado de gloria: “Día de la mujer trabajadora”. Entiendo que se refieren a las mujeres que trabajan fuera del hogar. ¿Y las que lo hacen en su casa cuidando niños, realizando la limpieza, la compra, la comida, la colada, planchando… acaso esas no son trabajadoras? Y las peor pagadas, pues ni salario ni derecho a pensión de jubilación.

¿Y las que trabajan fuera y cuando llegan a casa también lo hacen en las labores domésticas? Si queremos ser coherentes debemos quitar lo de “trabajadora”, pues todas lo son de una u otra manera, y algunas, como digo anteriormente, de las dos.

Pero puestos a reconocer méritos y en aras de esa igualdad que tanto cacarean las feministas, habría que dedicar otro día al “hombre trabajador”. Y a los abuelos que cuidan a sus nietos, y otro día al desempleado, y otro a la mujer embarazada, y otro y otro…

Y es que, el dedicar un día especial del año a algo que es obvio parece una soberana tontería. ¿No se celebra ya la fiesta del trabajo el 1 de mayo? Ahí debe de entrar todo el mundo: la mujer, el hombre, el joven y la joven que estudia y todo el que realiza alguna actividad.

Creo que está bien dedicar una jornada al año a la Cruz Roja, a la lucha contra el cáncer, o cualquier organismo sin ánimo de lucro que preste un servicio importante a la sociedad con la finalidad de concienciar a la ciudadanía y solicitar su aportación económica. Todo lo demás son ganas de “marear la perdiz”, hacer demagogia por parte de los políticos y confundir al personal para captar votos que los sitúe a ellos en la poltrona. Muy pronto conseguirán nuestros políticos esa igualdad tan deseada: ¡Todos al paro!, allí no existen diferencias entre el hombre y la mujer. Mientras tanto, ellos, no perderán ni una sola de sus prebendas.

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LA CARIDAD POR ENCIMA DE TODO

 

 

 

El caso del enfermo terminal italiano Pergiorgio Welby, que ha saltado a las páginas de todos los periódicos y que murió hace pocos días cuando un médico le desconectó el aparato que le hacía respirar artificialmente, ha sido impactante para el mundo cristiano. Primero por el hecho de ser desconectado para dejarle morir; después por negarle la Iglesia Católica un funeral argumentando que el caso ha sido muy “clamoroso” en toda Italia.

En este asunto, a mi modo de ver se plantea un triple conflicto; por un lado está la moral cristiana, por otro el sufrimiento humano, por último la jerarquía eclesiástica que niega un funeral católico que la familia del fallecido desea.

Como ese viejo refrán español que tanto se repite: “una cosa es predicar y otra dar trigo”. El hecho es que existe un hombre que respira gracias a una máquina, su inmovilidad es absoluta, es alimentado por sondas, sus dolores corporales son continuos y no hay ninguna posibilidad científica de recuperación. Este hombre desea dejar de sufrir y de hacer sufrir a los demás, quiere que no le prolonguen la “vida” de esa manera y ser desconectado de la máquina para descansar en paz. Esta decisión personal, como ser humano la comprendo. La moral católica aconseja que siga “viviendo” artificialmente hasta el final. La razón humana dice que hay que encontrarse así para saber qué haría cualquiera de los que ahora se atreven a juzgar a esa persona.

Una vez consumado el hecho y fallecida la persona en cuestión, la familia pide a la jerarquía de la iglesia que le celebren un funeral cristiano a Pergiorgio Welby. Mina Welby explicó que el párroco, Giovanni Nonne le indicó que “el Vicariato había comunicado a la parroquia que suspendiera el funeral porque el caso es demasiado clamoroso en Italia”.

¿Quiere decir esto que si no hubiese sido el caso tan “clamoroso” en Italia se habría celebrado el funeral? ¿Estamos ante un “castigo” ejemplarizante de la iglesia por no seguir sus postulados?

Como católico que soy, algunas veces me perturba enormemente las decisiones de la jerarquía (que no de la iglesia), ante algunos casos en los que gobiernan las conciencias con mano de hierro. Los obispos, presbíteros y diáconos han sido ordenados para administrar los sacramentos y sacramentales como dice muy clarito el evangelio. —“Id proclamando que el reino de los cielos está cerca. Curad enfermos, resucitad muertos, purificad leprosos, expulsad demonios. Gratis lo recibisteis; dadlo gratis”—[Mateo 10,7-8]

Cuando el evangelista escribe la palabra “gratis”, no sólo está diciendo que no se cobre nada por ello, sino que no se pongan trabas.

La jerarquía eclesiástica debe de dejar a un lado los impedimentos para ejercer su ministerio. Ellos no deben juzgar las conciencias de nadie, cuando una persona pide un sacramento se le debe administrar, sea o no digno de recibirlo, lo que hay en el interior del alma sólo le concierne a Dios juzgarlo, no a los hombres.

Con esto no quiero decir que esté bien o mal la decisión de Pergiorgio Welby, eso no puede saberlo nadie sin antes pasar por ello; en cualquier caso será Dios quien diga la última palabra. Sin embargo, sí digo públicamente, que le decisión de la iglesia al suspender el funeral que la familia solicitó, es bajo mi punto de vista, totalmente detestable.

La caridad por encima de todo.

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OTEANDO EL HORIZONTE

 

 

Los que ya peinamos canas nos sorprendemos cada día más con las situaciones creadas en la sociedad de hoy en día. El mundo que a nosotros nos tocó vivir en nuestra niñez no se asemeja al de hoy absolutamente en nada. No es que nuestra época fuera la de Dorothy en Oz, un mundo de vivos colores más allá del Arco Iris; pero, desde luego, no creo que ésta tampoco lo sea.

El choque generacional que algunos pretenden hacernos creer que es la causa primordial de ese desencuentro entre mayores y jóvenes no es tal, las personas metidas en años, por eso, por pesar sobre sus espaldas muchos lustros tienen más elementos de juicio que los jóvenes. Han vivido épocas distintas, acumulan más experiencia, y el paso del tiempo les ha ido curtiendo en todos los órdenes de la vida. Por ello, creo que están en condiciones de poder comparar la sociedad de antes con la de ahora, los jóvenes solo pueden opinar de la actual, y si saben algo de atrás es porque lo han leído, pero no es lo mismo; es como ver una película o que te la cuenten.

Los niños de ahora —no todos afortunadamente— están atendidos, en el mejor de los casos por sus abuelos, eso cuando no sean provistos de un móvil y de la llave de su casa. Al salir del colegio llegan al ¿hogar?, y éste se encuentra solo, frío… el niño 10, 12 años, merienda lo que encuentra y lejos de realizar sus deberes escolares conecta el ordenador y se pone a chatear. La madre —si es separada—, o el padre, da igual, o ambos a la vez si el matrimonio está al completo, al llegar del estresante trabajo del día se encuentran la casa revuelta —como la dejaron, claro está—, entonces descargan la adrenalina acumulada contra el hijo/a: que si eres un gandul/a, que si no has hecho nada, que si lo tienes todo por en medio, que si te voy a partir la cara… eso si no se va directamente y le suministra una buena ración de palos.

El resultado final es que el niño/a, va creciendo en un ambiente de falta de cariño, traumas por las separaciones, vídeos guerreros, gritos, agresiones verbales y físicas de los padres… Que si tu madre/padre te tiene muy consentido/a, que si te voy a mandar con tu padre/madre porque eres un tal o un cual…

Los niños de hoy sufren, repito, no todos por suerte, eso y mucho más. Las consecuencias ya las conocemos: malas contestaciones y falta de respeto, agresiones a los profesores, peleas entre compañeros, vocabulario soez y a veces blasfemo, cometen barbaridades para grabarlas en su móvil y luego colgarlas en Internet, no atienden en las clases, con el consiguiente fracaso escolar —según las estadísticas un 50 % etcétera.

Los mayores no pueden ver bien estas cosas. ¿Acaso es normal una vida así? Antes las madres estaban siempre en casa esperando a sus hijos para atenderlos, ayudarles en todo, preocuparse por ellos… Quizá se podía ir menos de vacaciones, o se carecía de coche, o se vivía de alquiler —lo que tenía sus ventajas pues las hipotecas, el IBI y las comunidades de vecinos traen a mucha gente de cabeza—; pero a fin de cuentas las familias permanecían unidas, siempre arropando a los hijos y éstos se sentían protegidos y queridos por sus progenitores.

Es muy frecuente ver ahora en pleno invierno por las mañanas, aún siendo de noche, a madres con sus bebés envueltos en una manta por la calle para llevarlo al cuidado de sus abuelos con el fin de que ellas puedan comenzar su jornada laboral a las ocho. ¿Acaso es choque generacional pensar que esa clase de vida no es buena para los adultos del día de mañana?

Por otra parte el desconcierto que sufren con el sistema educativo, siempre bajo los vaivenes políticos. Los libros de texto son cada vez más complicados, cambian de un año para otro para que sean inservibles a los que vienen detrás. Antaño, una familia de tres o cuatro hijos podía aprovechar los libros que iban heredando del mayor al menor de los hermanos. Los padres les forraban las tapas al comprarlos y les encargaban a los chicos que cuidaran sus páginas para que llegaran a los demás en buenas condiciones. ¿Qué es eso de escribir en los libros? Eso lo hacían en libretas rayadas o cuadriculadas, pero nunca en los libros. A los niños de entonces les enseñaban a mimar el material escolar; se enorgullecían de acabar el curso y tenerlo todo impoluto… ¿Y qué decir del transporte de las mochilas? Es inhumano que tengan que soportar sobre sus tiernas espaldas tal cantidad de kilos. Niños de apenas 6 ó 7 años deben soportar cargas muy pesadas para su edad. Antes, en cambio, con una cartera de mano conteniendo un libro (enciclopedia), dos libretas, una para cálculo y otra para dictados, un catecismo, un plumier conteniendo un lapicero, pluma de palillero, goma de borrar y un sacapuntas, pertrechados con tan escasos medios afrontaban la dura tarea del día escolar; el resto lo ponían aquellos vocacionales y polivalentes maestros de entonces que prepararan a sus alumnos para afrontar futuros estudios superiores o emprender una vida laboral.

Y ahora, en este horizonte, echemos un vistazo a la situación de los adultos: El español de hoy se encuentra inmerso en una sociedad hostil e injusta para él. La invasión de inmigrantes que hemos sufrido en los últimos años, con la anuencia del Gobierno, ha sido de todo punto descabellada. Los extranjeros venidos en su gran mayoría de países africanos o latinoamericanos han sido legalizados en nuestro país sin apenas requisito alguno. A los pocos años de estar aquí han accedido a viviendas sociales que sudaron los bisabuelos, abuelos y padres de los actuales jóvenes españoles. El sacrificio de sus antepasados lo están disfrutando los que han venido de fuera que, a su vez, han tirado de los suyos. El español se siente traicionado por sus dirigentes políticos que están dando nuestra riqueza a los foráneos: puestos de trabajo, viviendas, asistencia sanitaria, pensiones, prestaciones sociales de todo tipo… A cambio, ellos desprecian lo español, no desean integrarse, exigen mezquitas, cementerios, asistir a los colegios con pañuelos en la cabeza y que se retire todo lo que huela a cristianismo… Cuando un español recrimina a algún inmigrante su comportamiento que no corresponde a nuestras costumbres y normas de convivencia se le reprocha que sea un xenófobo o racista…

Los políticos, desde sus residencias bien vigiladas y protegidas hablan de talante, solidaridad, globalización… todo esto, dicho así, queda muy bonito; pero el español de a pie tiene que sufrir en sus carnes la inseguridad ciudadana: atracos, robos, violaciones, secuestros exprés, estafas, etcétera. Si arrienda una vivienda a un inmigrante lo más seguro es que no cobre el alquiler, que le llene el piso de gente convirtiéndolo en un ergástulo, que se lo destrocen, y cuando por fin la justicia actúe tras mucho tiempo de presentada la denuncia por impago, se encuentre el piso tan deteriorado que para poderlo rehabilitar necesite una buena cantidad de dinero. El suministro de agua y luz lo habrán suspendido también por falta de pago… Mientras, el inquilino, cuando sea desahuciado legalmente, se irá en busca de otra vivienda que hará exactamente lo mismo.

El español sufrió una posguerra muy dura, soportó muchos años de penurias, también se vio obligado a emigrar en muchos casos, pero aquella emigración no se puede comparar en nada a esta inmigración. En España existía un órgano oficial del Estado llamado Instituto de Emigración que proporcionaba puestos de trabajo en otros países a demanda de éstos; a los ciudadanos que decidían marcharse se les dotaba de pasaporte, contrato de trabajo, billetes de tren y hasta una pequeña cantidad en efectivo para los gastos de viaje. Naturalmente, cuando el emigrante comenzaba a ganar dinero debía reintegrar lo prestado. Otros, permanecieron aquí soportando toda clase de estrecheces, pero con el esfuerzo de todos, los que se fueron y los que se quedaron, España salió adelante. Los hijos y nietos de aquellos, ahora se ven acosados por esta inmigración desordenada que campea a lo largo y ancho de España exigiendo, ¿qué derechos?

La crisis económica que padece España que tiene su origen en la crisis mundial, y también en la particular de nuestro país, está siendo muy profunda, el desempleo causa verdaderos estragos y aún será peor cuando a las familias se les acabe el subsidio. Esto hará que el español se soliviante y emprenda un odio hacia el inmigrante que tiene trabajo y vivienda oficial. Se producirá una dicotomía entre los habitantes de este país. Ya se leen algunas pintadas en paredes que rezan así: “Español parado, inmigrante expulsado”. Eso tampoco es justo, pero es inevitable que algunos lleguen a pensar de esa forma.

También es de justicia reconocer que se han instalado en nuestro país inmigrantes, sobre todo procedentes de países como Argentina, Cuba y Uruguay, que se han integrado perfectamente, y es natural porque entre ellos y los españoles existen muchos vínculos históricos y concomitancias.

El Gobierno debe acometer medidas drásticas tendentes a solucionar este estado de cosas. La educación de los niños y jóvenes debe mejorar. La inmigración tiene que limitarse a lo estrictamente necesaria, la que el país pueda asumir, el “coladero” existente hasta ahora debe acabar, por el bien de ellos y por el de los españoles.

 

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CUANDO LO IRRACIONAL SE CONVIERTE EN LO COTIDIANO

 

 

 

Vaya por delante que no estoy sistemáticamente en contra de la fiesta. Creo que el ser humano tiene derecho al trabajo, al descanso y a la diversión, pero esto último dentro de los límites que dicta el sentido común.

Cuando me dispongo a escribir este modesto trabajo acaban de finalizar las Hogueras de San Juan y, con ello, el suplicio que supone para algunas personas y también para las mascotas. El debate sobre la ubicación de los monumentos fogueriles, las barracas y el disparo de las mascletás surge todos los años. Al final nunca se llega a una solución que satisfaga a nadie, todo seguirá igual…

Es un hecho real que las Hogueras de San Juan constituyen por sí mismas una fuente de ingresos para mucha gente, crean trabajo y fomenta el turismo con lo que conlleva todo eso. Sin embargo, hay algo en lo que los alicantinos no están de acuerdo, como hemos dicho anteriormente es en el lugar donde se han de emplazar las hogueras y barracas.

Por tradición, desde que se fundaron estas fiestas en Alicante, tanto los monumentos fogueriles como las barracas se vienen plantando en calles y plazas. Parece que, antiguamente, era lo natural para que el pueblo disfrutara; pero las circunstancias actuales han cambiado. Lo que era una ciudad de cincuenta mil habitantes se ha convertido en una capital de trescientos cincuenta mil, sumándole los visitantes de estos días podría duplicarse ese número. Está claro que obstruyendo las calles con esas instalaciones están creando un caos circulatorio. Muchísimos garajes que pagan sus vados religiosamente al Ayuntamiento quedan sus puertas taponadas por las vallas de las barracas, condenando a los propietarios de vehículos a no utilizar su coche durante los días que dura la fiesta. No hablemos de la imposibilidad de acceder en caso de emergencia con vehículos como: ambulancias, bomberos, policía, etcétera.

Otro problema que generan estas fiestas son los ruidos. Las barracas, con sus miles de vatios en los altavoces al pie de las viviendas hacen que sea imposible el descanso. No hay que olvidar que existen personas que no se les puede alterar de esta manera: enfermos, discapacitados, bebés, ancianos… y hasta los animales de compañía. A este respecto las autoridades han puesto como hora límite para que cese la música las cuatro de la madrugada, pero la realidad es que la mayoría se pasan con creces esa hora, y también con los decibelios.

El concurso de las mascletás que se lleva a cabo todos los días en la Plaza de los Luceros, igualmente existe controversia en ello. Los estruendos son tan enormes que los residentes en la zona que pueden permitírselo suelen ausentarse; se quejan de destrozos en cristaleras, vajillas y algunos dicen que tiemblan sus muebles y enseres. La fuente de Los Luceros, obra de arte del arquitecto Bañuls, ha tenido que ser restaurada en varias ocasiones.

Algunos párrocos ponen el grito en el cielo —nunca mejor dicho— por la proximidad de hogueras a sus iglesias, hecho que ocasiona graves perjuicios a las fachadas de estos edificios históricos.

La venta y uso de petardos tampoco está controlado, los adultos aficionados a esta práctica se dedican a molestar en las horas más inoportunas con potentes artefactos, después de hacer la “gracia” se marchan riéndose por el susto causado a vecinos y viandantes. Los niños, con el beneplácito de sus padres, hacen también de las suyas. Este año se han excedido en su travesura lanzando petardos sobre unas casetas de las obras del AVE en la que se guardaba material inflamable, la deflagración fue tal que los vecinos de Ciudad de Asís pensaron que podría tratarse de un atentado. El tráfico ferroviario tuvo que ser interrumpido durante dos horas. Afortunadamente no hubo que lamentar desgracias personales.

La noche del 24 al 25 —que no la de San Juan—, fueron quemados más de tres millones de euros en madera, plástico y cartón, en forma de artísticas figuras que conformaban 184 monumentos diseminados por toda la ciudad, además de las portadas de las barracas. Alicante arde por los cuatro costados, se forman cientos de columnas de humo negro irrespirable, tóxico, y quizá cancerígeno, contaminando, si cabe aún más, ese castigado aire que necesitamos para respirar. Parece un contrasentido que nos aconsejen no usar un ambientador, un mata mosquitos o una laca para el pelo por ser peligroso para la capa de ozono y que se pueda emitir al éter tal cantidad de humo y residuos contaminantes. Igualmente, parece otra incongruencia que amenacen a los consumidores con penalizaciones en el recibo de la luz por exceso de consumo, sobre todo cuando hay que encender la calefacción, y el Ayuntamiento pueda—con el dinero público—consumir millones de kilovatios en iluminar la ciudad en estas fiestas.

Se hace necesario un estudio riguroso y serio de las fiestas y adecuarlas a los tiempos modernos, sin renunciar a la tradición. Ambas cosas pueden ser compatibles si se trabaja en ello. Algunos propugnan el modelo sevillano, sacar la fiesta a un recinto fuera del casco urbano. Podría ser, en parte, una solución.

 

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Publicado en el diario INFORMACIÓN de fecha 18 de octubre de 2003

 

 

EL PESO DE LA ENSEÑANZA

 

 

Acaba de comenzar el curso escolar y con él la tortura de todos los niños y niñas de este país.

Da pena ver a las criaturas al ir y venir de los colegios transportando pesadas mochilas sobre sus tiernas y frágiles espaldas, algunos se echan sobre sus hombros 10, 15, y hasta más kilos de libros y material escolar que deben pasear durante largos trayectos varias veces al día.

No es de extrañar el fracaso escolar existente habida cuenta que los niños/as se levantan muy temprano, las caminatas que se dan, las horas de clase, los juegos en el recreo, los deberes en casa —a veces excesivos—, las actividades extraescolares que muchos practican, como deportes, informática, etcétera.

Pero de todos los problemas que atañen a los colegiales de hoy en día, merece especial atención el que afecta a su espalda y, en definitiva, a su salud.

Creo sinceramente que un niño/a de 10-12 años de edad, en pleno crecimiento, no debe llevar encima un peso como el que ahora mismo soportan. He escuchado en alguna tertulia radiofónica las posibles soluciones a este problema; algunas opiniones descabelladas, por ejemplo: disponer de dobles libros, para el colegio y para casa. Si los padres se las ven y se las desean para comprar el material y el equipo necesario cada primero de curso, figúrense si tienen que adquirir los libros por partida doble. Otra solución que daba, la mochila con ruedas. Esta modalidad ha fracasado porque los chicos/as de más de once o doce años son demasiado altos para manejar ese artilugio, sin contar con que en las escuelas hay escaleras y son difíciles de manejar. Lo más sensato que he escuchado es que los colegiales dispongan en los centros de una taquilla, cosa que estaría bien aunque el inconveniente estriba en que tendrían que llevarse el material a casa para hacer los deberes, por lo que su eficacia sería relativamente escasa. De cualquier manera no somos nosotros los encargados de encontrar las soluciones, la Administración debe ponerse manos a la obra y buscar la manera de aligerar la carga a nuestros escolares, aunque ello suponga una reducción en los ingresos económicos de algunos profesionales; todo encaminado a evitar que tengamos unas generaciones futuras con lesiones crónicas de espalda, con la infelicidad que eso supone y el absentismo laboral que puede llegar a generar el día de mañana.

No puedo menos que recordar mi niñez y lo afortunado que fui comparándola con la de ahora. Mi material escolar consistía en una enciclopedia que, a su vez, heredaba de mis hermanos mayores; contenía todas las materias necesarias para una formación básica: historia sagrada, lengua española, aritmética, geometría, geografía, historia de España, ciencias de la naturaleza, etcétera. Este libro, junto con un cuaderno de rayas, una regla, un estuche de madera o “plumier” conteniendo algunos lápices de colores, una pluma de palillero—de las de mojar en el tintero—, una goma de borrar, por una parte tinta y por la otra lapicero; todo ello en una cartera de mano donde también iba el inevitable bocadillo. Pertrechado con este reducido equipaje y con el buen hacer de los maestros de entonces, estábamos en condiciones de acometer la aventura diaria del aprendizaje.

A medio día iba a comer a casa, lo que también era un lujo, ahora los críos tienen que engullir el menú de catering, en algunos casos auténticos bodrios. Los jueves por la tarde no teníamos colegio y lo dedicábamos a jugar hasta entrada la noche, (canicas, peonza, marro, plau, píndola, fútbol, etc.) Y nada de farragosos deberes, ponían los justos y necesarios. También teníamos la ventaja de que cualquier duda que tuvieses, tus padres o hermanos mayores te las podían disipar, cosa que ahora no ocurre igual ya que cambian con tanta frecuencia los planes de enseñanza que lo que uno aprende no sirve para los que vienen detrás. ¡En fin! No es mi deseo ahondar en temas pedagógicos; lo que me induce a expresar esta reflexión no es otra que manifestar públicamente lo injusto de este sistema educativo que obliga a todos los niños y niñas de este país a soportar sobre sus espaldas el peso de la enseñanza.

 

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MALTRATO ENCUBIERTO

 

 

En cierta ocasión me preguntaron en una entrevista que cómo me inspiraba a la hora de escribir, respondí que no tenía nada más que salir a la calle, mezclarme entre la gente y observar muy atentamente lo que ocurre en mi alrededor.

El autobús es uno de los lugares preferidos por mí para saber, de primera mano, de qué forma se comporta la gente en el trato con los demás, es donde hablan sin ningún recato: enfermedades, trabajo, separaciones o divorcios, compra o venta de viviendas, vacaciones… Tampoco se restringen a la hora de conversar por el móvil y hablar de lo divino y de lo humano. Da igual quien se encuentre al lado escuchando, el autobús es el autobús.

Hoy he observado algo que me ha llamado poderosamente la atención, a mí y a todas las personas que nos encontrábamos en la parte trasera del vehículo. En una de las paradas del recorrido entra una señora de unos cuarenta años, rubia, alta, no mal parecida; con ella una niña preciosa de unos tres —quizá sin cumplir—, abriéndose paso por el pasillo central de entre la gente se introdujo en la parte trasera donde una joven, al verla con la niña pequeña le cedió el asiento, ella dirigiéndose a la niña le espetó:

¡Mira, te han dejado un asiento!, ¿qué se dice?

La niña respondió.

Gracias.

La madre se sentó y a la niña la puso en una de las plataformas que llevan los autobuses al lado de un cristal de ventanilla.

Al momento a voz en grito se dirigió la madre a la niña.

¡Mírame a la cara, mírame a la cara, espero que no vuelvas a hacer eso otra vez, ¿te has enterado? ¿Te has enterado?

La niña comienza a hacer sus pucheros y la madre inflexible se la aparta bruscamente de su lado cuando la niña desea acercarse a su regazo.

Al parecer, lo que había hecho mal la niña era que al cederle la joven el asiento quiso ella sentarse y la madre se ofendió. En realidad el asiento se lo cedieron por la niña, no por la madre.

Al momento, de un bolso saca la señora un regalo que le había hecho la pequeña en el Día de la Madre, casi seguro que el obsequio lo habría adquirido el padre o algún familiar ya que la niña, era evidente que no podía hacerlo con tan apenas tres años. Abre el papel de regalo y saca un abanico,  muy bonito por cierto. Dirigiéndose a la pequeña le dice.

Es muy bonito, un regalo muy bonito, dame un beso.

La niña le da un beso y le dice a la madre.

Mami, déjamelo un momentito que no lo he tocado.

La madre le responde envolviéndolo de nuevo e introduciéndolo en su bolso.

¡De eso nada, el regalo es mío, tú me lo has dado y no te lo dejo, para eso es el Día de la Madre y no de la hija!

La pequeña insiste lloriqueando, pero no consigue nada, la madre le sigue diciendo que no le deja el abanico y que le da lo mismo que llore hasta quedarse seca.

La niña, viendo la actitud tan injusta de su madre, entre sollozos le alzó la mano amenazante—gesto que hace porque se lo habrán hecho a ella más de una vez—. La provocadora madre la aparta de su lado con un manotazo y le soltó:

¡Mírame a los ojos, no te hablo más, hasta que no cambies tu actitud no te vuelvo a mirar, que no se te ocurra nunca más hacer lo que has hecho!

La niña se quedó en su rincón del autobús lloriqueando con la cabeza entre sus pequeñas manitas. La madre muy puesta en su sitio de “domadora” no la miraba. La chiquilla cuando llevaba un rato así se quiso acercar varias veces a su madre para reconciliarse con ella, mientras musitaba:

      —Si estoy callada, si estoy callada...

     Pero la madre con el dorso de la mano derecha se la quitaba de encima dándole empujones mientras le gritaba.

¡No te hablo, no te hablo!

Así llegué a mi parada y me apeé junto a otras personas que comentaban el comportamiento tan duro de la madre y el lenguaje que utilizaba hacia una hija tan pequeña que apenas sabía hablar.

Otros opinaron que con haberle dejado el abanico un momento se habría evitado toda esa polémica.

Hubo quién dijo que la niña no recibió una buena tanda de azotes porque iba mucha gente presenciando la escena, pero que la madre se desahogaría en cuanto estuviese a solas con ella.

Es una verdadera pena que haya madres tan provocadoras y que traten a sus hijos pequeñitos como si fueran adultos. Eso, en Román Paladino se llama, malos tratos.

 

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LA CONTAMINACIÓN ACÚSTICA, SIEMPRE PRESENTE

 

 

 

Que España es un país ruidoso no es ningún secreto. Al contrario de otros países centroeuropeos donde se cuida minuciosamente las formas y comportamientos para no molestar a los demás, aquí aún se creen algunos que la libertad consiste en hacer lo que les venga en gana, caiga quien caiga.

Sales a la calle y no es raro tropezarte con ese diente infernal que taladra el suelo por enésima vez. O esa moto con tubo de escape preparado para emitir todos los decibelios del mundo.

Y no hablemos de los vehículos de servicio público con esas exageradas sirenas. Si la finalidad es abrirse paso sobre los automóviles más cercanos, no sé por qué se tienen que escuchar a grandes distancias, aturdiendo a la gente allá por donde pasan.

Pero no descuidemos a los vecinos molestos, esos que estando en casa ponen la música a todo volumen sin pensar para nada en los enfermos, mayores, discapacitados, o, simplemente en las personas que desean permanecer legítimamente en su domicilio gozando de paz y sosiego. Y para colmo, puede ser que hasta tengan alguna mascota que te acabe de arreglar cuando ellos no están, con sus ladridos o haciendo el ‘lobito’.

Los usuarios de autobuses urbanos también conocen muy bien las molestias y los barullos que se tienen que aguantar: gente hablando a voz en grito por el “selular”, (con ‘s’), conductores que ponen la radio del autobús a su capricho, conversaciones entre conocidos que coinciden en el trayecto y se cuentan sus enfermedades y novedades familiares sin importarles nada quienes puedan escucharles…

Y para qué hablar de bares, cafeterías y restaurantes. Nunca he sido persona habitual de estos establecimientos, pero si tengo que entrar lo hago, eso sí, procurando salir lo antes posible. El motivo de mi aversión a estos locales es debido al bullicio que, generalmente, se produce dentro. Nunca falta alguien con ganas de llamar la atención comentando el último partido y dirigiendo una mirada de complicidad hacia quienes le rodean para que se sumen a la polémica. Todo aderezado con ruido de vajilla sobre el fregadero y el grito del camarero: “¡Pepe, marchando, una caña con pincho de tortilla!”. Cuando uno ya está harto de chillidos y decide marcharse a toda prisa de allí, pide la cuenta varias veces hasta que te hacen caso y, al final, el camarero se pone ceremoniosamente delante de la caja registradora, tras ponerse meditabundo y pulsar un montón de teclas como si de un logaritmo se tratara, por fin te suelta: “cinco con veinte caballero”. Y le pagas saliendo a toda prisa de aquél lugar.

Y el silencio ya no se guarda ni en las iglesias. Hace unos días asistí en mi parroquia a una misa de primera comunión. Había tal griterío que el sacerdote, desde el presbiterio, micrófono en mano, tuvo que pedir a todos los presentes que se comportaran, diciendo: “Por favor, silencio, estamos en la casa de Dios”. Aún así, le costó mucho apaciguar a aquellos “fieles”.

Claro que, algo hemos adelantado, recuerdo que en mi niñez en las tabernas había carteles muy visibles que decían: “Prohibido cantar flamenco”. Algunos taberneros más condescendientes y con sentido del humor cambiaban el texto por este otro: “Prohibido cantar… mal”. De cualquier manera, distamos todavía mucho de países como Alemania, Austria, Reino Unido… donde el silencio y el respeto a las normas establecidas son primordiales para los ciudadanos de aquellas naciones.

Creo no equivocarme si digo que todo viene como consecuencia de una deficiente formación. El sistema educativo de España deja mucho que desear. Atengámonos a las cifras de fracaso escolar, muy superior al de otros países de nuestro entorno. Los políticos no acaban de consensuar un plan de enseñanza duradero en el tiempo, cada gobierno quiere imponer su propio método, y ahí tenemos el resultado: escolares desmotivados, irrespetuosos con los profesores y faltos de unos valores imprescindibles para el correcto comportamiento humano.

 

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Antonio G. Colomina Riquelme (izquierda), posa con su gran amigo de siempre Manuel Roberto Leonís Ruiz

 

 

 

A MI GRAN AMIGO LEO (POETA)

 

 

 

Éramos tres amigos inseparables: tú, Pepe Céspedes y el que esto escribe. Tan inseparables que llegamos a formar un trío musical que denominamos «Orcelis». Aún no sé si por sacar nuestra vena ¿artística?, o por hacer más llevaderos los largos días del estío oriolano. Lo cierto es que no lo hacíamos del todo mal. Un día, Fray Víctor de Vinalesa escuchó casualmente una canción nuestra, grabada de forma burda en un cassette propiedad de nuestro común amigo Rodolfo, y quiso conocernos; desde entonces nuestros ensayos los realizábamos en el desaparecido convento de los Capuchinos bajo su dirección. Melodías que luego interpretábamos los sábados por la noche en Radio Orihuela. Los tres éramos conscientes que nuestro futuro no sería profe-sionalizar la canción, por ello, Céspedes se marchó a Barcelona a trabajar en Telefónica, tú a continuar los estudios en Alcoy, y yo a Madrid. Seguimos caminos, diferentes, pero como tú bien dices «nuestra amistad perdurará más allá de la distancia». Ahora has sacado a la luz tu última obra de poemas: «Vengo pastoreando lunas». Tu humildad se rebeló ante la presentadora a que relatase el currículum del autor (ya prolijo). Conozco también tu admiración y hasta veneración por nuestro coterráneo Miguel Hernández que, a mi entender, ha marcado tu estilo de escribir, y hasta me atrevería a decir tu personalidad. Tu libro «Vengo pastoreando lunas», dividido en tres partes esenciales: «Impronta de mis huellas», «De amor y vida y otros oníricos» y «Naturalezas y senti-mientos». Desvela tus angustias y problemas vitales así como la historia de tu existencia, tus sueños y tu perfil humano. Maravillosamente prologado por Maricel Ma-yor Marsán e ilustrado con los dibujos muy bien hechos por tu hija Ana. Es un libro para recrearse en él y meditarlo detenidamente. Manuel Roberto Leonís Ruiz, oriolano hasta los tuétanos, poeta, escritor, amigo entrañable, sirva esta columna como homenaje particular hacia tu persona y tu obra. Hoy, cuando escribo estas líneas que los católicos celebramos el Día del Buen Pastor, le pido a Él te ilumine para que sigas pastoreando lunas por muchos años para bien de las letras y gloria de tu pueblo y el mío. 

 

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Publicado en "La hoja de tu barrio" de Alicante, en diciembre de 2002

 

 

LA PARROQUIA DE LOS ÁNGELES DE ALICANTE, "VECINO DE HONOR"

 

 

Se acaba de celebrar el 50 aniversario (1952-2002), de la creación de la parroquia Ntra. Sra. De los Ángeles de Alicante. Como reza su lema: “Evocando su historia. Recordando a los que nos han dejado. Agradeciendo a todos los que han colaborado. Comprometiéndose, con la ayuda de Dios, a seguir como comunidad de fe al servicio de la barriada de Los Ángeles”.

Esta declaración de intenciones, hecha por los responsables de la parroquia, no puede ni debe ser ignorada por los vecinos de este popular barrio alicantino, y su máxima representación, la Asociación de Vecinos Los Ángeles-Altozano, tiene que responder ante tanta generosidad, y lo hace de la manera que sabe, rindiendo un sencillo, pero sincero homenaje de agradecimiento a su iglesia.

El pasado 27 de octubre, en la solemne misa de aniversario, celebrada y presidida por el Obispo de la Diócesis D. Victorio Oliver, como siempre, llegó con su homilía a los corazones de los fieles y, entre otras cosas, pronunció una frase que llamó poderosamente la atención de los feligreses: “Dios es un vecino del barrio de Los Ángeles, y tiene su casa con nombre de calle y número”.

Estas palabras, pronunciadas con la sencillez y cariño que caracteriza a D. Victorio, ha calado hondo en la Asociación de Vecinos y ésta, ha reaccionado como no podía ser de otra manera.

El día 9 de diciembre, la Asociación de Vecinos “Los Ángeles-Altozano”, reunida en Asamblea General Extraordinaria, aprobó por unanimidad, a propuesta de la Junta Directiva el nombramiento de SOCIO DE HONOR a su parroquia Ntra. Sra. De Los Ángeles, en el quincuagésimo aniversario de su fundación, en agradecimiento por los servicios prestados a los vecinos del barrio en el orden religioso, social y cultural. Este reconocimiento que los vecinos hacen a su parroquia, es un acto de justicia y la manera más sencilla que se ha encontrado de agradecerle en sus bodas de oro fundacionales tantos desvelos, tanta dedicación de sus párrocos y vicarios que pasaron por aquí. Tantos servicios prestados a la comunidad vecinal y, en definitiva, tanto bien derrochado a favor de los ciudadanos que residen en esta parte de Alicante.

El que esto les escribe, que ha sido testigo directo del devenir de esta parroquia durante los últimos 12 años, puede dar testimonio del progreso experimentado, sobre todo adecuando el templo a las necesidades modernas, actualizando sus instalaciones y dando un mejor servicio a sus feligreses.

D. Ángel, su actual párroco, hombre inquieto y trabajador, desde hace escasamente tres años que está al frente de la parroquia, ha sabido desde el primer momento darle un nuevo aspecto al templo, potenciando los recursos ya existentes y renovando aquello que ya estaba obsoleto. Ha realizado un gran esfuerzo para instalar nueva iluminación, decoración, sonido, ventilación y calefacción. Los vecinos no pueden ser insensibles al buen hacer de este sacerdote que, auxiliado por el vicario D. Isidoro y su eficiente sacristán, no han regateado esfuerzos para impulsar a la parroquia hasta el dignísimo lugar que ocupa dentro de la Diócesis de Orihuela-Alicante.

El día 17 de diciembre, la Junta Directiva de la Asociación de Vecinos, tuvo la satisfacción en un acto entrañable de su sede social, entregar el título de SOCIO DE HONOR, a la parroquia de Ntra. Sra. De Los Ángeles, en la persona de su párroco, asistió al acto el Obispo Auxiliar, el Delegado Episcopal de Enseñanza y párroco de Altozano, la presidenta de la Junta Municipal de Distrito nº 2, así como un gran número de vecinos. Se sirvió un vino de honor.

Dentro de medio siglo, la parroquia de Ntra. Sra. De Los Ángeles, celebrará (Dm), el centenario de su fundación, la mayoría de nosotros ya no estaremos aquí para verlo, pero desde donde nos encontremos celebraremos con júbilo ese aniversario.

 

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