RELATOS RELACIONADOS CON LA CIUDAD DE

ORIHUELA (2º)

 

 

 

Panorámica de la Ciudad de Orihuela y su río en los años 60 del pasado Siglo.

 

 

 

AQUELLOS SUFRIDOS VERANOS

 

 

Ahora que ya tenemos aquí el verano me viene a la memoria aquellos duros estíos que pasaban los oriolanos de mi juventud.

Lo normal entre la clase trabajadora era que transcurrieran los meses de canícula en su domicilio habitual. Eran pocos los que se podían permitir desplazarse la temporada estival a la playa o el campo. Me gustaría relatar las distintas maneras que había de veranear según el poder adquisitivo de cada familia. Siguiendo un orden ascendente, las clases altas y medias oriolanas de mi época juvenil pasaban los meses de verano, más o menos de esta manera:

La clase obrera, como digo anteriormente, no solía tomar vacaciones fuera de su casa, cuando el cabeza de familia llegaba a su hogar al anochecer, su esposa sacaba las mecedoras y la mesa plegable a la puerta de la calle que, previamente había regado para refrescarla, y procedían a cenar todos al “fresco”, a lo sumo, algunos se permitían llevar a sus hijos un día de playa; casi siempre estas excursiones se organizaban colectivamente, los transportistas de la ciudad eran contratados por vecinos que programaban salidas, bien a Torrevieja, bien al Moncayo o a Guardamar; se solía hacer en algún día festivo señalado, podía ser el día de Santiago, San Pedro, el día de la Virgen del Carmen o el día de la Asunción. Partían las camionetas muy temprano y sobre las 10 ya se encontraban todos en la playa, se instalaban allí con toldos y cobertizos y, tras pasar todo el día de baños comiendo y bebiendo las viandas que buenamente podían llevar, regresaban por la noche con quemaduras en nariz, hombros y espaldas que aliviaban aplicándose paños fríos empapados en vinagre. Los jóvenes pasaban el resto del verano dándose algún chapuzón en el río o en la piscina de Albatera, donde acudían en bicicleta, a falta de instalaciones de este tipo en Orihuela. Existían unos baños en San Antón que, por dos pesetas, podían darse un remojón en una pequeña piscina cubierta cuya agua estaba tan fría que era casi imposible meterse. Algunos, después de pagar se marchaban sin mojarse ni un dedo. En aquellas instalaciones había algunas habitaciones individuales con tina que utilizaban las señoras para tomar aquellas beneficiosas aguas en privado, costaba un poco más de dinero, pero las recatadas se quitaban de la vista de los demás bañistas. Decían que el agua estaba tan helada porque procedía de un manantial que emanaba de la sierra, y también porque nunca le daba el sol.

Los profesionales liberales: sastres, comerciantes, mecánicos, herreros, carpinteros, etc., se tomaban una quincena de vacaciones y algunos alquilaban una casa en Torrevieja, otros se hacían instalar en la misma playa una caseta de madera (algo que se puso muy de moda), aquellos habitáculos los realizaban los carpinteros por encargo y se montaban sobre la misma arena, dentro tenían sus compartimentos separados por cortinas, donde se dormía en colchonetas. Fuera un pequeño porche servía de cocina y de comedor, en ese lugar colocaban una mesa plegable y unas banquetas de lona. El agua potable la tenían en cántaros y la iluminación la sacaban de las velas o quinqués. Allí transcurría la mayor parte del tiempo de los veraneantes, entrando y saliendo del agua. Estas casetas estaban en primera línea apiñadas unas con otras formando una especie de “barriada”. En ocasiones, cuando subía la marea se anegaba todo, pero gracias a aquella especie de “cabañas” podían las familias modestas tener a sus hijos en la playa por poco dinero. Algunos propietarios las utilizaban un mes y las alquilaban el resto del verano. Normalmente el cabeza de familia asentaba en aquel lugar a los suyos y él, una vez transcurrida su quincena vacacional, se reincorporaba a su negocio en Orihuela y se desplazaba a la playa los fines de semana utilizando un autobús que hacía la ruta Orihuela-Torrevieja y viceversa; este transporte público tenía su parada en un patio anejo al desaparecido Hotel Palas.

Las clases más pudientes y minoritarias poseían alguna casa en propiedad en El Pilar o La Torre de la Horadada (antes playas oriolanas); igualmente en El Acequión, Los Locos o El Cura de Torrevieja. Otros preferían el campo y se inclinaban por alquilar en la pedanía oriolana de La Murada o alrededores. Esta opción, generalmente, llevaba consigo el tener que trasportar muebles y enseres en un carro ya que las casas no reunían las condiciones de habitabilidad necesarias. Algunas familias muy púdicas con hijos adolescentes decían que llevar a los chicos de esa edad a la playa era peligroso por las obscenidades, por eso adquirían una propiedad por los alrededores de Orihuela argumentando que el aire del campo era más sano que la humedad del mar.

Pero todo no era malo para los que se quedaban en el pueblo, los oriolanos que padecían los rigores del calor en la ciudad solían disfrutar con los heladeros ambulantes que recorrían calles y plazas tirando de sus carros gritando aquello de “¡Al rico helado, horchata, agua ´sebá´, limón y mango!”... La conocida familia de “Los Manolés”, estaba dedicada a esta actividad, fabricando unos helados artesanales deliciosos; entre sus especialidades se encontraba el popular “chambi”. Tampoco hay que olvidar las heladerías “La Ibense” y “La Jijonenca”, que igualmente prestaban un gran servicio a los oriolanos con sus tradicionales “variados”, “coyotes”, “tutti-frutti” y el riquísimo “blanco y negro”.

Como complemento de todo esto debo decir que los cines de verano eran un aliciente imprescindible en las calurosas noches. El “Cargen” (más tarde llamado “Casablanca”), y “El Riacho”, eran dos buenas terrazas, proyectaban dos películas y complementos además del obligatorio NO-DO, que hacían pasar la velada al aire libre, cenar entre amigos y ver cintas que quedaron para siempre en los anales del séptimo arte, entre otras y por citar algún ejemplo: “El tercer hombre”, “La condesa descalza”, “Siete novias para siete hermanos”, “El sueño de Andalucía”, “Cantando bajo la lluvia”, “Johnny Guitar”, “Pan amor y fantasía”, “Escuela de sirenas”, “Picnic”, “Solo ante el peligro”, “Muerte de un ciclista”, etcétera. Los miércoles que se celebraba el “Día del Productor”, ponían la misma programación y costaba la entrada la mitad de precio, registrando las terrazas un lleno absoluto.

Por último, no debemos olvidar la animación y el bullicio que producía en la ciudad la llegada de la Feria el 15 de agosto. Ese acontecimiento, con las múltiples atracciones y concursos que duraban hasta final de mes daba por terminado el “verano oficial” ya que, para la festividad de la Virgen de Monserrate, la gran mayoría de veraneantes se reincorporaban a su vida normal en Orihuela.

Los oriolanos, ‘sufridos’ veraneantes en la ciudad, en la playa o el campo, se las ingeniaban para pasar los duros meses de intenso calor lo mejor posible, y dentro de sus posibilidades económicas (por entonces muy escasas para casi todo el mundo); no eran los que mejor pasaban los rigores del calor, pero tampoco los que peor dentro del contexto histórico que atravesaban los españoles de la época.

 

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17 DE JULIO, DÍA DE LA RECONQUISTA O DEL PÁJARO


 

Con los títulos de Real y Gloriosa, la Enseña de 'El Oriol' de Orihuela, un antiguo estandarte

del siglo XVI, tiene el privilegio de no inclinarse ante nadie, solo ante Dios y el Rey.


 


 

la Gloriosa Enseña de 'El Oriol' con las Santas Justa y Rufina, copatronas de la Ciudad de Orihuela


 


 

Hoy día 17 de julio de 2006, celebramos los oriolanos el “DCCLXVII” aniversario de la Reconquista de Orihuela. Lo que antiguamente se conocía por el día del “Pájaro Mirlo”; ahora todos sabemos más y conocemos bien la identidad de la figura del ave que corona nuestra Enseña, no se trata de un “mirlo”, se trata de una “oropéndola”.

La oropéndola, cuyo nombre científico es “oriolus”, es un ave del tamaño de unos 24 centímetros de longitud y plumaje de colores que habita en las copas de los árboles y, al parecer, era asiduo de las sierras de Orihuela.

De todas maneras “Pájaro Mirlo”, “Pájaro Oropéndola” o “Enseña del Oriol” como ahora se le denomina, aunque esta última parece la más adecuada, da lo mismo. Para Orihuela y los oriolanos su estandarte coronado por el pájaro es su mayor orgullo, y cuando la ve arriarse desde el balcón de su Ayuntamiento todos los años a los sones del himno nacional, se estremece de emoción y rompe en aplausos, algunos hasta les resbalan unas lágrimas por las mejillas.

Muchas felicidades a las comparsas de Moros y Cristianos, a la Armengola de este año y a todos mis paisanos en general, los presentes y los ausentes.

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RADIOAFICIONADOS, ARCHIVO HISTÓRICO EA4DO

NUESTRA HISTORIA

 

Los comienzos de la radioafición en Orihuela

Por Antonio Bueno EA8FN

 Queridos paisanos y colegas:

Me vais a permitir unas líneas, para contaros algo sobre los "pioneros" de la radioafición en "Orihuelica del Señor".

El primero, empezó en los años 30 del pasado siglo y fue Ignacio Sánchez Ballesta, EA5BM, en el número 3 de la calle Francisco Díe (ahora calle Santiago). En 1933 obtuvo la licencia EAR- 314. En 1934 cambiaron los indicativos en España a los que ahora conocemos, por distritos, y pasó a ser EA5BM, indicativo con el que consiguió el Primer Premio del "I Concurso de FAR" en 1935.

Las actividades de los radioaficionados en España, estuvieron suspendidas desde 1936 hasta 1949. Bien es cierto que a pesar de las restricciones, muchos colegas se la "jugaron" manteniendo contactos a corta y media distancia, sobre todo después de la finalización de la II Guerra Mundial en 1945 y hasta la regulación y dependencia del Ministerio de la Gobernación en 1949.

Según me han contado, Ignacio pudo rescatar y validar de nuevo su indicativo EA5BM a partir de 1949. Era maestro de obras, muy conocido en Orihuela y hermano del médico pediatra Santiago Sánchez Ballesta. En 1950, posiblemente influenciado por su hermano Ignacio, obtiene el indicativo EA5DP. Como anécdota, fue mi médico desde los 0 a los 6 años, edad en la que nos trasladamos a Canarias, además éramos vecinos, yo vivía en el 28 de la calle Santiago. Siempre, en Canarias, mi padre me hablaba de su hermano Ignacio y la gran antena de hilo largo que atravesaba la calle Santiago.

Como caso curioso, debido a la escasa actividad femenina en la radioafición por aquellas fechas, fue la existencia de una radioaficionada entre los años 1949 a 1958. María Dolores Celdrán Berenguer EA5EC, con domicilio en la Plaza de la Merced, 2. A partir de 1958 causa baja, sin poder averiguar cuál fue el motivo.

Creo que es bueno, conocer nuestros orígenes y los primeros que llevaron esta inquietud y bendita afición a Orihuela.

73,s Antonio Bueno EA8FN Las Palmas de Gran Canaria.

Agradezco la colaboración de Isidoro Ruiz-Ramos EA4DO, poseedor del mayor archivo de datos sobre la radioafición española y de Antonio Colomina Riquelme, oriolano hasta la médula, que por e-mails y la lectura de su libro «Orihuela, sus calles, sus plazas, sus gentes» me ha podido situar en lugares y hechos de mi «mi pueblo y el vuestro» que no conocía desde mi marcha en 1950.

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HIGOS DE PALA

 

Cerca ya el mes de agosto me dispongo a escribir algo que me recuerde este caluroso mes de mi época juvenil en Orihuela.

Me vienen a la memoria varias cosas: la Feria, los puestos ambulantes de helados, los baños en el río, los cines en las terrazas de verano, las barras de hielo… ¡Tantas cosas!... Pero, casi de todo ello he escrito algo, también de los higos de ‘pala’ que gritaban su venta “a peseta la ‘panchá’ pelados”.

Hoy, me voy a detener un momento en este delicioso fruto silvestre, el higo chumbo o de ‘pala’ —como se le llamaba en nuestra tierra.

Existían varios puntos de venta en la ciudad, pero creo que donde más puestos había era en las inmediaciones del Puente de Poniente. La puerta de la mercería Tafalla, de “Jeromo el del Puente” y el bar de “Las tetas gordas” —cuando éste se encontraba en la confluencia del puente con la calle del Río.

Esta zona que era preferida para los vendedores de higos de pala se debía a que, por entonces, se instalaba mercado en toda la calle del Río y la afluencia de público estaba garantizada. Muchas personas desayunaban ese fruto que, su precio oscilaba según los compraran pelados o sin pelar.

Cuando alguien se acercaba al vendedor que solía tener la mercancía dentro de un cubo lleno de agua la pregunta siempre era la misma: “¿A cómo los pelas?”

Es natural que hubiese competencia y que algunos vendedores los dieran más baratos para atraerse la clientela, pero cuando el consumidor regateaba y le respondía que el de al lado los daba más baratos, la respuesta siempre era la misma: “¿Cómo vas a comparar?, estos son dulces como la miel”.

El higo chumbo o de ‘pala’ era algo peligroso de recolectar, y una vez recogidos, muy laborioso el preparar. Las chumberas o ‘paleras’ proliferaban por la sierra y en sitios muy escarpados, a veces tenían que acceder por barrancos y meterse bajo las ‘paleras’ entre pinchos, con un cartón doblado entre las manos los sujetaban y les daban media vuelta hasta arrancarlo e introducirlo en un cubo. Para los higos que se encontraban en la parte más alta —que eran los mejores por ser menos accesibles—, algunos utilizaban una larga caña abierta por un extremo en cuatro trozos, así, podían alcanzar el fruto deseado que, una vez introducido con mucha destreza en el interior de la caña, le daban vueltas hasta quedarse con él, o hacer que cayera al suelo.

Toda la recolección la transportaban hasta algún lugar apartado con suelo arenoso, allí arrojaban los higos sobre la tierra y eran “barridos” con una escoba de palma. De aquella manera se limpiaban de pinchos, después se lavaban varias veces dentro de un barreño y, para la venta, los ponían en un cubo con agua fría que, generalmente, era la misma que desechaban del deshielo los heladeros ambulantes de la zona. De aquella manera se conservaban frescos y apetecibles en las mañanas del estío oriolano.

Aunque la materia prima —el higo en cuestión—, estaba al alcance de todos y era gratuita, casi nadie quería realizar este duro trabajo que, siempre dejaba al que manipulaba los higos, el desagradable recuerdo de sus pinchos en manos y brazos tan difíciles de quitar, eran tan finos y diminutos que había que tener muy buena vista y utilizar unas pinzas de depilar para su extracción.

El modo de comer este fruto era sin complejos, se ponía el cliente delante del vendedor, éste extraía el higo del pozal, cortaba los dos extremos y realizaba un corte longitudinal, después metía sus pulgares por dicho corte y abría la piel hasta dejar el fruto al aire sujeto a su corteza por la parte inferior; el cliente lo tomaba y daba un último tirón para quedarse con el higo en la mano que, directamente se lo comía sin prisas, algunos, incluso, llevaban algo de pan para acompañar.

Las familias de buen pasar que gustaban de tomar este alimento tan natural, hacían que su sirvienta los comprase pelados y se los llevaban en un plato que ellas mismas portaban.

El higo de pala posee unas propiedades extraordinarias, es rico en vitaminas, A, B3, B1 y B2. Entre los minerales se encuentran el calcio, potasio y fósforo.

Es una pena que este alimento tan natural y nutritivo se haya ido perdiendo cuando Orihuela, por su climatología, es tan propicia al nacimiento de chumberas. Parece que el progreso ha querido, de alguna manera, sustituir este rico fruto silvestre por el carísimo y refinado kiwi. Está claro que ya no escucharemos más aquel grito de los vendedores en la subida del Puente Viejo:

¡¡Higos de pala, ‘pa’ ti y ‘pa’ tu hermana!!”

¡¡A peseta la panchá!!”

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EL ÚLTIMO LLEVA LAS LOCALIDADES

 

 

Recuerdo una anécdota de cuando yo era niño, aún al día de hoy me hace esbozar una sonrisa; pero en el sentido que ahora la relato no tiene gracia alguna. Por entonces los hogares familiares no eran tan confortables como lo son hoy en día, en la inmensa mayoría de ellos se carecía de calefacción, acudían al socorrido brasero de picón o de cáscara de almendra. Pocos disponían de un sofá o sillón donde sentarse confortablemente. Por otra parte, tampoco se disfrutaba de ningún medio para la distracción, los más afortunados poseían un receptor de radio que, por otra parte, tampoco se escuchaba muy bien, ya que, estos aparatos eran bastante rudimentarios y la emisora más cercana a Orihuela era EAJ 17 Radio Murcia. Es decir, que permanecer en las casas era un auténtico aburrimiento.

Dicho lo anterior, el oriolano de entonces debía buscarse el esparcimiento fuera de su domicilio, para las personas mayores siempre existía la socorrida taberna o el bar donde, con un mísero chato de vino y cuatro garbanzos ‘torraos’ podía pasar unas horas de charla con los amigos o echar una partida de julepe. Pero los jóvenes lo tenían más difícil y eran privilegiados si podían pasar la tarde de un domingo en algún cine de la ciudad junto a su pandilla de amigos. La costumbre de los cines de entonces era ofrecer una programación doble —así se decía—, consistía en la proyección del NO-DO (reportaje de información general), algún complemento y, dos películas; con una sesión tenían garantizados cuatro horas de espectáculo. Ello les permitía estar distraídos y al mismo tiempo, calentitos.

Pero, la anécdota de que les hablo al principio se la relato ahora. Todos los jóvenes no disponían del dinero suficiente para adquirir la localidad del cine, entonces algunos inventaron el siguiente truco para ‘colarse’: Se juntaba toda la pandilla de amigos, compraban en taquilla una butaca que pagaban entre todos, se ponían en la puerta de entrada en hilera, pasaba el primero y le decía al portero “el último lleva las entradas”, pasaba el segundo y hacía lo mismo, el tercero ni hablaba, hacía un gesto con el dedo pulgar señalándole al empleado hacia atrás, así hasta 8 o más, cuando llegaba el último de la fila entregaba tan solo un boleto, el portero le increpaba diciéndole: -¡dame las localidades de tus amigos!-, el chaval, sin inmutarse respondía: -¿De qué amigos?, yo no conozco de nada a esos que han entrado delante de mí-. El empleado se ponía nervioso y, como no podía abandonar su puesto, pues, de hacerlo se hubiesen ‘colado’ muchos más, terminaba por avisar al acomodador para que localizara a los astutos muchachos que le habían engañado. Cosa muy difícil ya que, por entonces, los cines se ponían abarrotados de gente y los infractores sabían camuflarse muy bien entre el público, permaneciendo ya dentro del local diseminados para no ser identificados.

Esta coartada, más o menos, se viene haciendo ahora, pero no entre pobres muchachos que no disponen de dinero para entrar al cine; sino entre la clase política. Según van pasando por los cargos de responsabilidad hacen de las suyas y van señalando con el pulgar hacia atrás. El que le releva en el cargo repite el gesto, así muchas veces hasta que el último de la fila tiene que rendir cuentas a los ciudadanos y no encuentra otra salida que decir aquello de “la herencia recibida”. Claro que los que fueron delante ya se ‘colaron’ y nadie les pide cuentas, ese es su mérito. Si no, veamos quien les pide la “entrada” para este bochornoso espectáculo a todos los políticos que han defraudado. Si alguno ha sido “pillado”, lo hará todo menos reintegrar a las arcas públicas lo sustraído.

 

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Recovero pastoreando sus pavos en la sierra de Orihuela, años 50 del pasado Siglo

 

 

LA PEÑA

 

 

La sierra de Orihuela, popularmente conocida como “La Peña”, tiene poco protagonismo en la vida de los oriolanos de hoy en día, sin embargo, no fue siempre así.

En mi época juvenil cobraba gran importancia para las actividades lúdicas de todos los habitantes de la ciudad, sin distinción de edad ni clase social.

La Peña —como todo el mundo la llamaba— era el lugar preferido de todos los oriolanos que aspiraban a ocupar un puesto en el mundo del deporte. Pero también era frecuentada por los estudiantes que aprovechaban la paz de sus rellanos y la sombra de sus pinos para memorizar sus lecciones o temas en las oposiciones.

Los aficionados al ciclismo utilizaban la vieja carretera de San Miguel con pavimento de tierra o guijarros—según el tramo—para practicar la escalada. Recuerdo a un jovencísimo y prometedor Bernardo Ruiz, con su rudimentaria bicicleta, entrenando, mientras otros, reloj en mano, cronometraban el tiempo que tardaba en llegar desde la salida en la plaza Caturla hasta la llegada al Seminario. Aquellos entrenamientos fueron fundamentales para su éxito como ciclista de fama internacional.

Los que practicaban el boxeo—deporte muy en boga en aquella época—, subían a la sierra haciendo “footing”, después se situaban frente al tronco de un algarrobo y practicaban sus “cintas” y golpes simulados. Un púgil oriolano de entonces llamado Juan José Saavedra, creo recordar que vivía en la calle Luis Rojas, (Mancebería), triunfó en Madrid llegando a ser Campeón de Castilla, (no recuerdo la categoría), podría ser de los pesos ligeros.

Los jugadores de fútbol igualmente utilizaban la sierra para sus entrenamientos, tras realizar sus ejercicios gimnásticos, jugaban intensos partidos en la explanada del Seminario. Recuerdo algunos que llegaron a ser figuras del balompié y cuyos primeros partidos los jugaron allí: Bienvenido López Riquelme, conocido en el mundo deportivo por “Riquelme”, primo hermano del que les escribe, fue jugador del Sevilla durante cinco temporadas y después formó parte de varios equipos nacionales.

Ramón Navarro López, conocido por “Ramón”; primo segundo también y sobrino del anterior. Fue jugador del Hércules de Alicante, una enfermedad cardíaca frustró su fichaje por el Atlético de Madrid. Así como muchos más que triunfaron en este deporte y se forjaron en la sierra oriolana.

El arte también visitaba nuestra Peña, no pocos aficionados a la fotografía utilizaban las magníficas vistas que se divisaban de la ciudad y su Vega para sacar sus artísticas instantáneas. O los aficionados a la tauromaquia que practicaban su toreo de salón en los lugares más recónditos de la sierra. Los pintores igualmente buscaban en lo alto de la sierra ese rincón o panorámica para plasmarla en sus lienzos. Y no pasemos por alto a los poetas y escritores que buscaban su inspiración sentados en lo alto de algún peñasco. Debo citar como paradigma de este caso a nuestro universal Miguel Hernández.

Pero también había quien vivía de las entrañas de la sierra oriolana, como eran los muchos pastores que sacaban sus rebaños de cabras y ovejas a diario a pastorear. O los recoveros que pasturaban sus pavos para engordarlos antes de Navidad. […]

No eran pocos los que tomaban la Peña como lugar de esparcimiento. En los calurosos estíos oriolanos, muchos, a la caída de la tarde, subían hasta la Cueva del Tío Paco donde esperaban la anochecida para cenar, esta práctica era habitual en algunas familias que les gustaba tomar el fresco en ese lugar al tiempo que divisaban a lo lejos la película que proyectaban por la noche en el cine de verano Riacho.

Sería imposible enumerar las actividades que se llevaban a cabo en el Monte de San Miguel: se volaban las “milochas” en primavera; se cazaban pájaros con trampas o con escopetas de aire comprimido; se disparaban los “morteretes” en honor de la Virgen de Monserrate; se tiraban los castillos de fuegos artificiales por las fiestas; se rezaba el Vía Crucis, se jugaba en las “rejullaeras” […]

Pero también la sierra se cobraba su tributo, algunas veces, más por imprudencias que por otra cosa, se escuchaba que alguna persona se había “despeñado”; unas veces con lesiones menos graves y otras, desgraciadamente, con resultado de muerte.

El tiempo ha transcurrido inexorablemente, la Peña ha quedado relegada a ser un testigo mudo del acontecer del pueblo, algo que los oriolanos de hoy miran de reojo, un monte desnudo y testimonial que observa calladamente el acontecer de la ciudad. Sólo sirve ya de albergue de ese vetusto edificio donde se forman, cada vez menos, algunos muchachos que sueñan con ser algún día “pastores de almas”.

Aquella sierra viva de entonces quedó atrás…

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LOS PASTORES DE BELÉN

 

 

Todos los años cuando se va acercando Navidad y veo esos muñecos de rojo colgados de los balcones —cosa que los niños de ahora identifican rápidamente con la llegada de las fiestas navideñas—, no puedo menos que recordar lo diferente que era en mi infancia. En Orihuela, la Navidad y la representación teatral de “Los Pastores de Belén” eran una misma cosa. Esta función de teatro infantil —que también la disfrutaban los mayores—, se ponía en escena en varios locales de la Ciudad: en el colegio Oratorio Festivo, en el Círculo Católico, en el extinguido convento de Capuchinos y en el convento de San Francisco. Puede ser que también en algún otro lugar que ahora escapa a mi memoria.

“Los Pastores de Belén” aunque su título era el mismo y el argumento de la obra venía a ser casi igual, no tenían el mismo libreto ni la misma partitura musical en todas partes; había variaciones según donde se representaran. En cada local tenían sus costumbres. Yo les voy a contar un poco los detalles de la función que se representaba en el Oratorio Festivo bajo la dirección del Padre D. Antonio Roda López.

Al ser este colegio eminentemente masculino, D. Antonio tenía que asignar los papeles a sus alumnos, de manera que el personaje de la Virgen María lo representaba también un niño. Este detalle era exclusivamente del Oratorio, en los demás lugares actuaban chicas al igual que chicos.

Como anécdota, recuerdo que una vez estaba el niño que hacía de Virgen María sentado adorando al Niño y por debajo de la túnica le asomaban unas botas de jugar al fútbol, el público se reía y los “actores” no sabían el porqué, al final uno de los apuntadores salió al escenario y le cubrió, como pudo, los pies.

El argumento en sí era muy simple, consistía en la lucha del bien contra el mal. El bien lo representaban los pastores que iban a adorar al Niño después de que el ángel les anunciara la Buena Nueva. El mal era Lucifer que, con sus legiones de demonios, trataban por todos los medios de impedir que los buenos pastores fueran a adorar al Niño Dios.

Los pastores tenían como patriarca a un hombre mayor muy bondadoso que se llamaba Jusepe, él los guiaba y aconsejaba en todo momento. En una de las escenas que estaban todos reposando al raso ante una cacerola de migas cantaban:

Comamos pastores, de Dios es la gracia,

el que nace pobre con ello le basta […]

Algunos cambiaban la última frase, y por lo bajini decían: … “el que nace pobre se jode y se aguanta”.

D. Antonio Roda en la olla de las migas les ponía trocitos de turrón y peladillas para que los chicos fuesen tomando algo durante la función.

También en otra escena cantaban los pastores:

Que buenas son las migas,

Que Dios nos depara,

para una zagala y un pobre pastor.

Con este alimento tan sabroso y sano,

tu pobreza en mano nos muestra, nos muestra, su amor.

 

Antón era el pastor cómico, tiraba de un burro que, en algunas ocasiones, eran dos muchachos agachados a cuatro patas y un disfraz de asno cubriéndoles. En otras ocasiones, cuando se podía, el asno era auténtico; creando problemas cuando se resistía a salir al escenario. Antón cantaba aquello tan típico de:

 

Arre borriquito,

Vamos a Belén,

Antes que el demonio,

Vuelva a aparecer.

¡¡Arre burro, arre…!!

 

El diablo se le aparece en el camino y quiere disuadir al buen pastor de que vaya a adorar al Niño, le ofrece riquezas que Antón rechaza, entonces el demonio, enojado, cubre con su capa a Antón y le pone una larga nariz y le hace crecer un rabo. Cuando Antón se reencuentra con sus compañeros y éstos le preguntan qué le ha sucedido para tener ese rabo y esa nariz, Antón se pone a temblar, se le traba la lengua y comienza a relatarles lo que le había pasado en el camino…

Había un cuadro muy interesante que era el del infierno con los demonios cantando y alabando a Lucifer, se representaba así:

El escenario con un decorado imitando el fuego, las bombillas forradas en papel de celofán rojo emitían una luz intermitente parecida a la lumbre, seis demonios a cada lado y el jefe Lucifer en el centro, todos de negro con capas rojas y un largo rabo además de cuernos, un tridente en la mano que agitaban golpeando el suelo al tiempo que cantaban:

 

Todos acatamos,

Tú regio poder,

Tus esclavos somos,

¡Viva Lucifer!

¡Viva Lucifer!

 

Después, a los sones del piano que tocaba D. Antonio daban vueltas en círculo todos los diablos alrededor de su jefe.

En otro cuadro parecido, los demonios cantaban:

¡Guerra, guerra, guerra terrible y eterna.

Antes guerra que quiera el infierno aplastar.

A vencer, a luchar, a vencer a luchar con empeño.

Guerra, guerra, morir o triunfar…!

 

Después de muchas peripecias entre los pastores y los demonios en las que no falta el arcángel San Miguel que aparece para derrotar al diablo poniendo su pie sobre la cabeza del maligno, tras liberar al bueno de Antón de la enorme nariz y el rabo que le había puesto Lucifer, llegan al portal de Belén donde la Virgen, sentada tenía en sus brazos una imagen del Niño Jesús que los pastores besaban al mismo tiempo que dejaban a sus pies sus ofrendas: corderos, leña, miel, requesón… San José observaba muy atento todo aquello. Como última escena aparecen los Magos de Oriente que se suman a la comitiva de pastores y adoran igualmente al Niño, haciéndoles la ofrenda ya conocida de oro, incienso y mirra.

“Los Pastores de Belén”, se puede decir que era un modesto musical navideño que hacía las delicias de niños y mayores, en la representación se conjugaban tres facetas: la religiosa, la cómica y la musical. Todo en un ambiente muy acorde con las fechas en las que se ponía en escena.

En el entreacto D. Antonio, siempre en su afán de recaudar fondos para el Oratorio, realizaba una rifa.

La modernidad con sus ventajas y sus inconvenientes, ha acabado con este clásico oriolano que se debería rescatar. No estaría nada mal que fuésemos dejando un poco las costumbres que nos imponen las tele-series americanas y en vez de ver por todas partes barbudos de rojo, que fuésemos viendo lo nuestro, los belenes, los Magos de Oriente y en lugar de estar escuchando el “Merry Christmas” oír más villancicos españoles, que tampoco están nada mal.

 

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Lonja de frutas y hortalizas de Orihuela en los años 60 del pasado Siglo.

 

 

MIS RECUERDOS DE LA LONJA

 

 

En épocas pretéritas, siendo yo muy joven era la Lonja uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad. El centro de toda la actividad comercial agrícola de la Vega Baja; pero eso es sabido por todos, yo me voy a referir hoy a algunas anécdotas que recuerdo con cariño y de alguna manera con perplejidad.

Era mi padre el Asentador número dos, por tanto pasé en aquel lugar muchas horas de mi niñez y adolescencia. Necesitaría el espacio del que no dispongo para poder describir tantas remembranzas; pero trataré de simplificar al máximo.

Mis recuerdos se centran en unos hechos y personajes muy peculiares que, o bien trabajaban allí o visitaban el lugar como ocio y distracción.

Exceptuando los martes y viernes que eran días de mercado y todos trabajaban con ahínco, el resto de la semana se relajaba el personal, hacían corrillos y tertulias donde se hablaba de todo, se jugaba a las cartas utilizando las banastas como asientos, se hacían almuerzos en común y los más o menos diez asentadores y sus empleados formaban una gran familia donde existía un buen ambiente.

Como ya he dicho, los martes y viernes eran días de mercado, la actividad en la Lonja era frenética esos días, especialmente los martes. Tan identificado estaba el martes con el mercado que ambos se fundían en una sola cosa. Se cuenta que, en una ocasión un comerciante llamó por teléfono a un proveedor de Barcelona haciéndole un pedido urgente y le dijo: “Remítamelo enseguida que mañana es martes en Orihuela”. A lo que el catalán socarrón respondió: “Aquí en Barcelona también será martes mañana”.

Continuando con la Lonja recuerdo que había sólo un teléfono que daba servicio a todo el personal, era el número 45 y funcionaba con una manivela que enlazaba con la Central de Teléfonos y ésta, a su vez, te ponía con el número solicitado, pues bien, cuando alguien quería hablar con algún Asentador llamaba a dicho número a través de la señorita operadora y el guarda que por entonces era “El Charamita”, cogía el aparato y a voz en grito llamaba a la persona requerida.

Los minoristas que hacían sus compras en la Lonja tenían que transportar la mercancía hasta sus tiendas, ubicadas generalmente en la Plaza de Abastos, sólo había dos modos, o las llevaban en varios viajes en los porta equipajes de sus bicicletas o contrataban los servicios de un carretero que, tirando ellos mismos de sus carruajes de mano hacían el trabajo con una destreza digna de encomio.

Los Coloraos” eran dos hermanos que se dedicaban a hacer esos portes, pero ellos llevaban mulas tirando, cargaban tanto los carros que a la subida del Puente de Poniente resbalaban los animales sobre los adoquines, y ellos, con unos látigos larguísimos que manejaban con gran maestría los agitaban en el aire y sin apenas tocar a los animales conseguían llegar arriba.

También disfrutaba mucho cuando en las fechas previas a Semana Santa, introducían en la Lonja los pasos de El Prendimiento y La Oración en el Huerto para limpiarlos y florearlos, yo me subía en ellos con una bayeta y me encantaba dejar impoluta la calva de San Pedro.

Es imposible describir tantos y tantos recuerdos y anécdotas de mi juventud en la Lonja, pero aquel edificio emblemático produjo en mí una gran delectación.

 

 

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Vecinos de Orihuela disfrutando de la comida en el Valle de la Fuensanta (Murcia),

el día de la Gira de los Barberos

 

 

 

LA GIRA DE LOS BARBEROS

 

 

 

Hace relativamente poco, aún se conservaba en Orihuela una gran devoción por la Virgen de la Fuensanta de Murcia. Era costumbre asistir a la romería que en esta vecina ciudad se celebraba todos los años en su traslado desde el Santuario hasta la Catedral. Como quiera que esta procesión se realizara en día festivo, había un gremio profesional en nuestro pueblo que no podía asistir, eran los barberos.

Por tradición, los llamados entonces barberos (hoy peluqueros o estilistas), trabajaban los domingos por la mañana, los hombres acostumbraban a afeitarse el mencionado día en la barbería, de tal forma que los profesionales de este sector se tomaban el lunes de descanso. Así nació “La Gira” o romería de los barberos a la Fuensanta, un lunes o dos después de la festividad propiamente dicha.

Tomó tal auge esta excursión que los oriolanos hicieron de ello su homenaje particular a la Patrona de Murcia, desmarcándose de las fechas oficiales que se celebraban en aquella capital.

El día de “La Gira” comenzaba muy temprano, a las seis se citaba al personal en las inmediaciones de la taberna "El Chaqueta” (junto al antiguo Juzgado), de donde partían los autocares hacia Murcia, a la llegada a Algezares se hacía una breve parada, a continuación todos los excursionistas se dirigían al convento de los hermanos de la Luz en pleno monte. Llegados a este punto los religiosos preparaban chocolate con mona para todos, se hacían discursos y bromas; una vez realizadas algunas compras de artículos religiosos o de dulces el destino era el cercano Santuario de la Fuensanta, donde se celebraba una misa y se tiraban cohetes y globos en honor a la Virgen.

Realizadas las obligaciones religiosas, los romeros se ponían en marcha hacia el Valle de la Fuensanta, un lugar paradisíaco con arboleda y agua abundante, donde se preparaba una suculenta comida con las viandas que llevaban todos, no podía faltar el típico conejo frito con tomate y pimientos redondos, otros hacían arroz y conejo con leña del monte; el embutido de “La Pavera” (no el Pavero, el hijo vendría después), salazones del “Chermanet” o “El Olivero”, el vino de Payá o Pomares, y el pan redondo de “La Nena del Rincón”, Ismael o la Tahona. Se formaban grupos por afinidad, amistad o vecindad, compartiendo lo que tenían unos y otros.

El jolgorio que se formaba en aquel lugar era mayúsculo, cada uno hacia lo que sabia, nadie se reprimía a la hora de hacer algo para reír. Es justo destacar a un hombre que era el alma de la fiesta, Pedro Albarracín, llamado cariñosamente “El Pipiripipi”, cuyas constantes ocurrencias y gran sentido del humor hacía las delicias de todos. El regreso era también muy pintoresco, partían todos los vehículos bajando por La Alberca hasta Murcia capital, durante el trayecto se cantaban canciones populares, a los “zagales” les dejaban viajar en la baca bajo la vigilancia de alguna persona mayor, disfrutaban tocando las ramas de los árboles a su paso, (hoy sería impensable hacer eso, pero entonces había poco tráfico y los vehículos no pasaban de los cincuenta kilómetros a la hora). Por costumbre se aparcaban los autocares en la misma puerta del diario “La Verdad”, donde siempre eran fotografiados por los periodistas, reflejándose la noticia al día siguiente en la prensa murciana.

En ese lugar se daba libertad al personal durante unas horas, aprovechando para visitar la feria que ya estaba en las postrimerías y divertirse con las atracciones, sobre todo los niños que lo pasaban en grande. Posteriormente se daba un paseo por las calles Trapería y Platería donde se tomaban helados y se compraban los famosos pasteles de carne del Horno de la Fuensanta. En el regreso a Orihuela se notaba ya el cansancio general después de pasar una intensísima y magnífica jornada cargada de todo un poco: peregrinación, ocio y hermandad.

 

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LOS CINES DE MI ÉPOCA JUVENIL

 

 

El antiguo cine CARGEN, más tarde llamado CASABLANCA, tenía una doble utilidad, por el día retiraban las sillas

y se convertía en pista de patinaje, por una módica cantidad te alquilaban los patines. Por la noche era cine de verano.

En la foto unos adolescentes oriolanos practicando el patinaje.

 

 

Cinco cines había en mi juventud en Orihuela: Teatro Circo, Salón Novedades, Riacho, Avenida y Casablanca; de los cuales tan sólo dos disponían de Terraza de Verano, el Riacho y el Casablanca, los otros eran eminentemente de invierno.

Cada cine tenía sus peculiaridades. El Teatro Circo disponía de un gran patio de butacas, anfiteatro que era una fila de sillones situados en la parte alta, siendo algo más económica la localidad que la anterior, y por último la general. La general consistía en unas gradas de madera que había que compartir sin separación alguna, las piernas del que estaba detrás tenían que estar abiertas para que el situado en la parte baja pudiera amoldar su espalda, por los lados tampoco existía soporte alguno así que, cuando había mucho público éste se iba sentando como podía por el centro de estos escalones y los que estaban en los extremos terminaban por salirse y perder su asiento. Cuando no tenían otro remedio por falta de espacio se dejaban deslizar por los postes “colándose” al patio de butacas con el consiguiente enfado de los acomodadores. Tenía una cantina o “ambigú”, como se decía entonces, donde por un real podías comprar una gaseosa fresca de un cuarto de litro de las fabricadas por Antonio Rabasco, en la calle Obispo Rocamora.

El Salón Novedades poseía dos localidades: patio de butacas, que comprendía la parte baja y alta del local, y general que estaba situada en las primeras filas de butaca, se dividía por una pequeña pared, no muy alta para no interrumpir la visibilidad desde la parte posterior. Ver una película en la general de este cine era terminar con tortícolis, ya que la pantalla se encontraba materialmente encima del espectador.

Este local disfrutaba la “ventaja” de encontrarse ubicado al lado de la confitería “Mary”, que hacía, para mi gusto, las mejores empanadillas de Orihuela. En el intermedio de las películas pidiendo autorización al portero podías salir a dicho establecimiento y volver bien pertrechado para la merienda con los suculentos manjares que allí se hacían. Además había un vendedor ambulante en la puerta con una gran cesta de mimbre que por una peseta te servía un cartucho grande con revuelto de almendras, “torraos” y cacahuetes que preparaba él mismo, estaban deliciosos.

El cine Avenida lo construyeron después, era el más moderno y señorial, con su cafetería en la parte alta toda acristalada desde donde se podía observar la magnífica vista de la Glorieta. El patio de butacas era grande y bien dotado de asientos tapizados, no tenía entrada de general y creo no equivocarme al decir que fue el primero de los locales cinematográficos de la ciudad que dispuso de aire acondicionado. El inconveniente era que por entonces los Andenes estaban algo solitarios de noche y la salida del cine, sobre todo en las últimas sesiones, era un pequeño impedimento para niños y personas mayores.

El Riacho de invierno era un buen cine, algo pequeño pero bien equipado, sólo disponía de patio de butacas. Lo mejor era la Terraza de Verano, al estar pegada al río era muy fresquito, de hecho había que llevar alguna prenda de manga larga por las noches. El olor a anguilas y a cañas mojadas era agradable aunque la dificultad radicaba en el ruido del agua al bajar por los azudes que obstaculizaba algunas veces la audición de la película según la dirección de la brisa en ese momento.

El Casablanca, que en sus orígenes se llamó “CARGEN”, nació como Terraza de Verano, era precioso cuando lo inauguraron, las paredes llenas de celosías por donde trepaban los jazmineros y rosales, con luces de colores que asomaban por los orificios de unas máscaras situadas en las mismas mamparas entre enredaderas. Era como estar viendo el cine desde un auténtico jardín. La costumbre en este local era llevarse la cena y hacerlo en unas mesas que colocaban en la parte trasera del patio de butacas junto a la cantina, o en el mismo asiento que se ocupaba para ver la película. Al poco tiempo se construyó el Casablanca de invierno, y la Terraza de Verano la habilitaron por el día como pista de patinaje y por la noche se convertía en cine. Muchos oriolanos aprendimos a patinar en el Casablanca.

Un detalle que no debo pasar por alto es que, cuando repicaban las campanas de Santa Justa para algún acto litúrgico, anulaba totalmente el sonido de la película, pero tampoco le importaba mucho al público que ya contaba con ello y conocía incluso el horario de los toques, además algunos iban más a cenar al fresco en un ambiente agradable que a ver cine.

Los miércoles se celebraba el “Día del Productor” en todos los cines; con la misma programación del resto de la semana costaba la localidad el cincuenta por ciento más económica, por lo que se ponían las salas muy concurridas.

Hoy, otras diversiones además del poder de la televisión han hecho que los cines estén en decadencia, pero resulta bonito recordar aquellas formas sencillas de pasar los ratos de esparcimiento que contribuían a estrechar mucho más las relaciones humanas.

 

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LOS BAÑOS DEL RÍO SEGURA Y OTROS

 

 

 

En tiempos pasados todavía no muy lejanos, era el Río Segura el corazón de Orihuela, latía con vigor, daba vida a la ciudad y su huerta. Hoy ese corazón languidece de enfermedad, lo poco que fluye por su cauce contamina, mata todo lo que toca; necesita con urgencia un tratamiento de choque, fuerte, agresivo, que le restituya la salud que un día tuvo.

Me gustaría hablar a mis amables lectores sobre el río que yo conocí. Era un lugar de baño, de pesca, donde muchas mujeres iban a hacer la colada, y algunos se paseaban a diario con sus embarcaciones de recreo.

El que esto les escribe, tendría apenas unos once años cuando ya recorría en canoa todo el río a su paso por el pueblo, incluso atravesando los azudes, que tenía su peligro por las corrientes que allí se formaban. Esto era posible para mí gracias a un hombre muy diestro en el manejo de dicha embarcación; le llamaban el “Catalo”, de oficio limpiabotas en la Plaza Nueva, también tocaba la charamita en las fiestas. Mis padres me dejaban ir con él por ser un gran nadador y conocedor de los peligros que entrañaba el río, además era el marido de Ángeles, la señora que realizaba labores domésticas en mi casa.

Junto a esta persona, hábil en las artes de la pesca con caña, capturaba anguilas, en cierta ocasión cogimos una que medía más de un metro de longitud y un grosor como el de una lata de refrescos, era enorme, nos hicieron una fotografía con ella en la Plaza Nueva, ignoro su paradero, nunca llegué a tenerla.

Los baños también eran muy frecuentes, los chavales que vivían por la zona del Puente de Levante utilizaban la playita que existía en el Barrio de San Pedro. Los residentes por la otra zona, la del Puente Viejo o de Poniente utilizábamos la del final de la Calle Meca. Ambas eran igual de buenas para el baño, aunque debo decir que el río tenía su peligro para esta práctica. No debías introducirte en él sin antes haber aprendido a nadar un poco en cualquier otro lugar. Los remolinos, la fuerte corriente y las innumerables cañas que crecían en los márgenes te podían jugar una mala pasada. De hecho los “zagales” no considerábamos a nadie capacitado para bañarse en el río con un mínimo de garantía hasta que no era capaz de cruzar a nado de una a otra orilla.

Otra actividad muy frecuente era la colada. Muchas mujeres iban al río a lavar la ropa provistas de jabón “lagarto”, improvisaban una tabla con alguna piedra grande y lisa y contra ella restregaban el ropaje, puestas de rodillas sacudían con fuerza enjuagándola en el agua. Cuando la corriente arrancaba de las manos a las lavanderas alguna prenda río abajo, los bañistas se apresuraban a rescatarla para devolverla a su dueña, demostrando con ello su destreza en la natación.

Algunas mujeres se llevaban algo para comer con el fin de estar todo el día, lavaban por la mañana, tendían la ropa sobre los guijarros al sol y por la tarde regresaban a casa con todo limpio y seco.

Las alternativas al popular baño del río eran escasas, pero alguna había. En el barrio de San Antón existían unas sencillas instalaciones de agua clarísima de manantial que manaba de la sierra. Era un recinto todo cerrado y cubierto donde por una pequeña cantidad podías darte un chapuzón en una piscina de escasas dimensiones, sólo cubría el agua hasta la cintura y nunca le daba el sol por lo que estaba muy fría. Las personas mayores tenían la posibilidad de alquilar una bañera privada y tomar aquellas aguas tan beneficiosas para la salud confortablemente.

Algunos lectores recordarán también la balsa del “Cacharra”. Se encontraba ubicada en una finca detrás de la actual gasolinera de Capuchinos; era grande, lo más parecido a una piscina convencional, los domingos se ponía abarrotada de jóvenes, yo por entonces era demasiado pequeño para bañarme allí pero sí recuerdo que mis hermanos mayores iban frecuentemente.

Adolfo Moreno, poseía una pequeña balsa también en la subida a San Isidro, sus reducidas proporciones no permitía masificación alguna pero era válida igualmente para darse un baño y combatir los rigores del verano oriolano.

Por último había otra posibilidad, era desplazarse en bicicleta hasta la vecina localidad de Albatera; allí sí existía una buena piscina, reunía todos los requisitos que la normativa vigente en aquella época exigía para estas instalaciones: vestuarios, duchas, etc; pero a los oriolanos no nos hacía gracia que un pueblo más pequeño que el nuestro tuviese algo así y nosotros no. Por otra parte a los albaterenses tampoco les gustaba mucho que los oriolanos ocuparan los domingos su piscina, por lo que más de una vez se armaba la trifulca. El regreso también era problemático porque después de unas horas de baño tenías que volver a medio día pedaleando a pleno sol llegando a casa excesivamente cansado.

Volviendo al río debo decir que, si bien hoy día no sería posible disfrutar de él como antaño, sí es absolutamente necesario y altamente beneficioso para la salud y el medio ambiente que el cauce se encuentre limpio, su agua clara, que los patos naden en abundancia por sus aguas...(así lo prometió un alcalde y no lo cumplió). Si la actitud de los políticos dejara de ser a este respecto displicente, a buen seguro que no habría un pueblo más bonito y completo en toda la Comunidad Valenciana, pues materia prima tiene de sobra para serlo.

 

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IR DE CHATEO O “REZAR LAS ESTACIONES”

 

 

 

En primer lugar me gustaría aclarar al lector el título de este artículo. Lo que hoy día se entiende por chateo no es lo mismo que antaño, ahora chatear es entrar en un chat de Internet y mantener una conversación por escrito con otra persona. Antes era tomarse varios vasitos de vino en distintos lugares. Supongo que el término viene por la forma del vaso donde se servía, era ancho y bajo, de forma achatada.

La frase entrecomillada “rezar las estaciones”, procede de la costumbre religiosa de visitar los Monumentos expuestos en todas las Iglesias el Viernes Santo. Haciendo un paralelismo de dicha tradición a la costumbre secular de visitar varias tabernas, el pueblo llano en su sarcástica sabiduría le puso ese nombre. No me cabe duda de que la intención real nunca ha querido ser irreverente.

En Orihuela, allá por los años 60 había muchos y buenos sitios donde tomar unos chatos de vino, casi siempre tinto de Jumilla con acompañamiento de típicas tapas como: habas hervidas, patatas abiertas al horno con aceite, sal y pimienta; caracoles en salsa; morcillas de pícaro; etc.

Naturalmente, no se acudía a todas las tabernas de Orihuela en el mismo día, ya que había gran variedad de ellas y un amplio despliegue por toda la ciudad, citaré algunas de las más conocidas:

Por la zona de San Francisco estaban: Ruiz, Peñalver y el Ramblero. Por la plaza de Abastos: El “Chaqueta” y el Farolillo Rojo. Por la plaza Caturla: Miguel “El Caldelero” y Teresa “LaChalá”. Camino a la Lonja: Frasquito, el Trocadero y “La Chorra”. En Obispo Rocamora: el Rancho Grande y Pomares. En el Paseo y la calle Arriba: El Brigada y “El Chusquel”. En la Estación: La Cantina de Antonio y “El Negro”. Había muchísimas más y muy buenas; estoy seguro que el lector de mi generación podrá añadir a la lista varios nombres, pero le pido sea indulgente conmigo pues mi memoria tiene lógicamente un límite.

Al hilo de la tradición del chateo, voy a citarles algo que, aunque lúgubre, refleja otra realidad de la Orihuela de entonces. Se trata de los entierros.

Cuando se anunciaba en las esquelas el fallecimiento de alguien, se ponía en las mismas el lugar donde se despedía el duelo; lo normal era en Monserrate o Capuchinos, esto quería decir que, una vez conducido el féretro a hombros de familiares y amigos hasta dicho lugar camino del Cementerio, todos los asistentes daban el pésame a la familia del finado y regresaban en pequeños grupos, y mientras comentaban las anécdotas que habían vivido con el difunto y las virtudes que le adornaron en vida, ahogaban las penas “rezando las estaciones”, es decir, chateando en todas las tabernas que les pillaban al paso.

La práctica de chatear o “rezar las estaciones” tenía sus adeptos. Algunos lo realizaban esporádicamente, con motivo de algún entierro (como hemos dicho anteriormente), o simplemente porque se lo pedía el cuerpo un día determinado; pero también los había aficionados a ello que recurrían a esta vetusta costumbre casi a diario.

Otras maneras de tomar unos vinos, siendo la más común entre la gente joven era la de reunirse varios amigos y coger una mesa en cualquiera de los muchos y buenos bares o tascas existentes por toda la ciudad, sin descuidar el Trocadero o Antonio, en la Cantina de la Estación, que servían unas “peloticas” extraordinarias, y en verano las típicas “perdices” (lechuga abierta con aceite, sal y limón), acompañadas de unas jarras de vino tinto con melocotón y melón troceado. Todo ello, aderezado con buena compañía, conversación intensa y buen humor.

Orihuela siempre ha sido tierra de buenos bebedores, he de decir que el oriolano de mi generación nunca ha sido “patoso” a la hora del chateo, sabía beber y respetar a todo el mundo, rara vez he presenciado alguna disputa por este motivo, es más, había algunos pintorescos personajes que tenían su gracia e igualmente eran respetados por la gente.

En resumen, ir de chateo o “rezar las estaciones” era una costumbre muy arraigada en los oriolanos que no tenía nada de malo, siempre y cuando se hiciera con comedimiento y no como cultura del hedonismo ni única distracción.

 

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OFICIOS EN EL OLVIDO

 

 

 

No es necesario retrotraerse mucho en el tiempo para darnos cuenta del profundo cambio experimentado en la sociedad en general y en particular en nuestra Orihuela.

Para un joven de hoy sería totalmente incomprensible, por ejemplo, que el agua potable tuvieran que llevársela a casa con unos cántaros y vaciarla en unas tinajas. Sin embargo, hombres y mujeres que se denominaban aguadores se dedicaban a ese cometido; con sus carruajes de mano o tirado por animales hacían diariamente varios viajes a la fuente de San Francisco y servían a domicilio tan preciado líquido.

Igualmente, por la mañana temprano tocaba la puerta el lechero, estas personas venían todos los días de los pueblos de la Comarca con sus vasijas metálicas repletas de leche, mayormente de cabra, los vecinos salían con sus cazuelas a proveerse para el desayuno familiar.

Dentro del gremio de los lecheros, había unos cuantos que se llamaban quesilleros; llevaban unas enormes tablas en la cabeza donde portaban pequeños peroles de arcilla con una cuajada tan suave y fina que, añadiéndole azúcar y canela, era un auténtico manjar.

En la merienda había otros productos también muy apetitosos, estaban los pasteleros ambulantes que, sobre las cinco de la tarde, pregonaban por las calles y plazas su mercancía, iban provistos de una gran cesta de mimbre con tortas de aceite y sal, tortas de calabaza, bollos suizos, pasteles chatos... todo elaborado en el día. La clientela de dichos vendedores era, principalmente, empleados en talleres de sastrería, modistas, dependientes de comercio etc.

Otro oficio que ha desaparecido son los “lañadores y paragüeros”, iban voceando por las calles y ofreciendo sus servicios, la gente les requerían para reparar sus paraguas o lañar su loza deteriorada, realizaban los arreglos en la misma puerta del ocasional cliente.

Los pastores de ovejas o cabras, aunque no han desaparecido del todo ya es muy raro verlos, sin embargo antes era muy habitual tropezarse por las sierras de Orihuela con gran cantidad de rebaños. Este trabajo, desde luego, es muy conocido a nivel mundial por su antigüedad (se menciona muchas veces en el Antiguo y Nuevo Testamento), y también por ser el oficio de nuestro poeta universal, paisano y admirado Miguel Hernández; no obstante, hay algo que muchos no recordarán, son los pastores de pavos. Algunos recoveros de la época engordaban sus aves pastoreándolas por los montes más cercanos a la ciudad, a fin de robustecerlas y revenderlas en los diversos mercados de la Comarca, sobre todo en Navidad.

 

¿Recuerda algún lector a los “menaores”? Para los que les pueda sonar raro les explico: la “mena” era una especie de rueca que servía para hilar el cáñamo y fabricar cuerda fina o gruesas maromas, tenía el tamaño de la rueda de un carro; el “menaor” le daba vueltas con una manivela mientras que otro, con un grueso mazo de cáñamo liado en su cintura iba soltando con gran habilidad manual la materia prima, de cara siempre a la rueda y caminando lentamente hacia atrás. Una vez hilado el cáñamo, tensaban la burda cuerda y le pasaban repetidas veces una manopla mojada en agua hasta dejarla igualada y acabada. Estos profesionales trabajaban siempre en grandes espacios abiertos por la gran longitud de las sogas. Los oficios relacionados con el cáñamo y el esparto proliferaban mucho por nuestra zona.

Asimismo, el trabajo de hojalatero era muy normal, existían varios talleres en nuestro pueblo y no les faltaba faena; por entonces casi todo el menaje que ahora es de plástico tenían que encargárselo a estos profesionales de la hojalata: embudos; cubos; barreños; recipientes para medir el aceite; la leche; el vino etc., era un oficio minoritario pero muy importante en esa época, como casi todas las actividades artesanales solían pasar de padres a hijos.

Las costureras a domicilio eran muy necesarias, ofrecían su trabajo por un exiguo jornal y la comida. Estas mujeres iban a las casas y confeccionaban, con lienzo blanco, ropa interior para los hombres, remendaban, cosían cortinas... los trajes de los padres los reformaban para los hijos mayores, y los que quedaban pequeños a éstos los arreglaban para los hermanos menores; con todo se atrevían, eran auténticas artistas de la aguja.

Quedan todavía muchos oficios olvidados por comentar: el “amolaor” como se llamaban los afiladores (el más conocido era José María “El Caracol”, un santo varón y gran profesional), zapateros remendones; fotógrafos del minuto y un largo etcétera. No obstante, me gustaría terminar este modesto trabajo con un hombre que él mismo ponía su pizca de buen humor, era el vendedor de lo que hoy sería el lavavajillas. Al vocear por las calles siempre decía: “¡¡tierra glea y piedra tosca, no se tiren de golpee!!” (Haciendo alusión irónicamente a la poca gente que acudía a comprarle).

 

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Jóvenes de la época en la barra de la emblemática Cafetería "Fuyga"

(Foto: A.G. Colomina)

 

 

PUNTOS DE REUNIÓN. ORIHUELA 1950-1960

 

 

 

Ya se sabe que en Orihuela, al día de hoy, existen infinidad de lugares donde los jóvenes pueden reunirse y pasarlo extraordinariamente bien. No era lo mismo en mi época de adolescente, esos puntos de convergencia eran muy limitados, no obstante, con el ingenio propio que se tiene a esa edad procurábamos sacar partido a lo poco que había a nuestro alcance en nuestra ciudad.

Hoy me gustaría referirme a algunos locales donde nos reuníamos y pasábamos muchas horas los amigos de entonces.

En el palacio que hoy es Casa Consistorial, justo los ventanales que dan para la Esquina del Pavo, se encontraba la Congregación Mariana. Como su nombre indica era una organización de ámbito religioso; sus socios eran generalmente chicos estudiantes, se encontraban allí casi a diario, mucho más los domingos y festivos. Se podía leer o practicar juegos de mesa. Era sin duda un lugar importante donde los amigos o compañeros de estudios utilizaban como punto de partida para dirigirse a otras partes. Cuando se despedían siempre se repetía la misma frase: “mañana nos vemos en la Congregación...”

Acción Católica, también entidad religiosa, ubicada en la primera planta de lo que hoy es la Biblioteca Pública “Fernando de Loazes”, era donde, a mi juicio, más gente iba. Socios o no, podía hacer uso de sus instalaciones cualquier chico y nadie le exigía nada, acudíamos a ese lugar jóvenes de todas las clases sociales y el ambiente era muy agradable. Como en la Congregación Mariana, existían juegos pero el rey de todos era el tenis de mesa.

Recuerdo una anécdota de lo concurridas que estaban las mesas de ping-pong; había una bancada alrededor de ellas donde se podían sentar unos treinta chicos para guardar turno y poder jugar, se hacían partidos a 21 puntos, el que perdía se sentaba al final y esperaba hasta que le tocase de nuevo, el ganador continuaba jugando; había algunos tan buenos que podían estar sin abandonar la mesa varias horas seguidas. Sin duda, el tenis de mesa tenía muchos adeptos en aquella época.

El Frente de Juventudes, perteneciente a Falange Española, tenía su sede en un local de planta baja situado en la avenida de Teodomiro, (en lo que antes denominábamos el segundo andén), era otro referente donde la juventud pasaba sus ratos de ocio; se podía practicar algún deporte además del clásico ping-pong y el socorrido futbolín; disponía de un gimnasio que estaba siempre muy concurrido y entrenaban muchos chicos para boxear como amateur en las veladas que se organizaban en el cine Casablanca.

La singularidad de este local con respecto a los otros era que sí exigían estar afiliado y, al entrar al mismo, había que hacer el saludo falangista alzando el brazo derecho. He de decir, sin ánimo de pedir disculpas, que los chavales que acudíamos a ese lugar lo hacíamos por disfrutar de los medios que ponían a nuestro alcance y nunca con intencionalidad política, que, por otra parte, desconocíamos la inmensa mayoría.

Aunque los locales que ahora voy a citar pertenecen al grupo de las cafeterías y a éstas me gustaría dedicarles un artículo completo, no puedo dejar de nombrar dos importantísimos puntos de reunión dentro del sector de la hostelería; se trata de las cafeterías “Llanes” y “Fuiga.”

El Llanes” era un local amplísimo situado al lado del Teatro Circo, entrando a la derecha había una gran barra y el resto lleno de mesas, en esa estancia se sentaban todos los amigos formando por grupos tertulias. Luego había otra extensa sala más adentro que se utilizaba sólo y exclusivamente para los juegos de mesa. Puedo asegurarles que este establecimiento estaba casi siempre a tope de gente, sobre todo jóvenes. Cuando un oriolano se encontraba fuera por motivos del servicio militar, estudios o trabajo, al llegar a Orihuela con vacaciones el primer café después de comer se lo tomaba en “El Llanes”, a sabiendas que enseguida contactaría con los amigos más íntimos.

Esta cafetería, al estar tan próxima al Teatro Circo, le cabe el honor de haber recibido en sus instalaciones a todos los artistas que venían a actuar a Orihuela, degustaban el magnífico café con leche que servían allí y se les veía con frecuencia en ese local. Personalmente, recuerdo haber visto en la barra a Juanita Reina, Antonio Molina, Antonio Machín, Juanito Valderrama, Manolo Escobar, Paquita Rico y algunos más. Creo que los mejores intérpretes de la canción pasaron por “El Llanes”.

El Fuiga” fue otra cosa, era una pequeña cafetería situada en la calle Calderón de la Barca, muy cerca ya de la Glorieta, la regentaban tres hermanos que llegaron a Orihuela por aquel entonces, trajeron un aire vanguardista y se lo imprimieron a su negocio. Según se entraba a la izquierda había una barra plateada, a la derecha se subía un par de escalones y allí estaban las mesas, desde ellas se podía ver la calle a través de un gran ventanal acristalado; era muy acogedor ese lugar y muy chic. “El Fuiga” marcó un nuevo estilo de cafetería en la ciudad, después vendrían otras pero ésta fue la precursora. Por ser lugar de paso hacia los Andenes o la Glorieta era, estratégicamente hablando, importantísimo espacio de reunión de la juventud de entonces.

 

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Puesto de fruta de Luis Guerrero, también llamado "Las Pereas" en la Plaza de Abastos de Orihuela.

(Foto: Colección A.G. Colomina Riquelme)

 

 

PLAZA DE ABASTOS

 

 

En la pretérita década de los 50 y principio de los 60, tenía la Plaza de Abastos de Orihuela una completísima amalgama de tiendas fijas y puestos ambulantes con una elevada actividad comercial. Hay que recordar que por entonces todavía no habían hecho su aparición en España las multinacionales, ni existían las grandes superficies comerciales.

Todas las amas de casa iban a diario a la Plaza a proveerse de los alimentos estrictamente necesarios para ese día, que iban depositando cuidadosamente en su capacho de mimbres (o “capazo” como se le llamaba). Tampoco podían hacer acopio de productos por falta de sitio para su conservación, no había frigoríficos y pocos disponían de neveras de hielo.

La Plaza de Abastos de Orihuela, como tal, tenía un recinto muy pequeño, pero los puestos proliferaban por todos los alrededores, desde el Puente de Poniente, pasando toda la calle del Río, hasta la calle López Pozas, incluyendo la Casa del Paso (antiguo cuartel de la Guardia Civil), y parte de las Salesas.

Haciendo una mirada retrospectiva es posible que pueda citar cerca de una treintena de comercios y puestos de venta ya desaparecidos de la época; como siempre pido disculpas a los que, involuntariamente, no haya recordado.

Dentro del gremio de frutas y verduras estaban: Luis Guerrero y su hermana Lola (“Las Pereas”); Lola “La Seva”; “La Cohea”; Carmen Girona, y “La Pijorria”. (...)

Pescaderías: Ginesa, Lola, Enrique, “El Cagarnera”, Alicia. (...)

Carnicerías: “La Saleri”, Concha Riquelme (“La Recovera”), “La Pavera”, “Pepele”, Ribes y su esposa Caridad. (...)

Ultramarinos: “El Chermanet”; Joaquín, Pepe y Paco “El Olivero”; “Las Relucientas”; Antonino Fabregat, con su madre y su hermana Manolita, ambas muy simpáticas. (...)

Comestibles: Eduardo Sánchez “La Cibeles”. (...)

Plátanos: Dolores (“La Barquillera”), y las hermanas Carmen y Concepción (...)

Panaderías: Ismael; despachaba su esposa Encarna, (hermana pequeña del ilustre poeta y coterráneo Miguel Hernández). “La Nena del Rincón”, “El Turro”. (...)

Además en loza y cristal estaban: Cánovas y Faustino Cayuelas. (...)

Concha y Rosa (“Las Mariquitas”), con su tienda de zapatos, colonias, brillantinas etc. “El Tío Rojo” que vendía una gran variedad de hilos y botones.

El Chique”, con su puesto de dátiles frescos y “candíos”. “Marieta” vendía en una pequeña mesa perejil, hierbabuena y laurel. Victoria, con su mesa de morcillas de pícaro; y mi querida y añorada abuela Antonia (“La Recovera”), que vendía huevos.

Los jóvenes oriolanos de hoy es posible que se asombren de la anécdota que voy a relatar a continuación, pero algunos es posible que se lo hayan oído contar a sus progenitores. Se trata del caldo de ranas. En mi época de chico, era muy corriente coger empachos estomacales por la cantidad de chucherías que tomábamos, como: jínjoles, níspolas, barritas de citrato, membrillos verdes, moras, higos chumbos, regaliz, pastillas de leche de burra, y un largo etcétera. Cuando venía el inevitable dolor de barriga, el pediatra, que podía ser lo más probable, uno de estos tres doctores: Andréu, de la calle San Pascual, Sánchez, de la calle Santiago, o Ruiz, de la desaparecida calle del Molino; junto al medicamento prescrito por el galeno, entre los que no se descartaba nunca la horrorosa purga de aceite de ricino, venía la dieta, y ésta, pasaba inevitablemente por el riquísimo caldo de ranas.

En la Plaza de Abastos había varias “raneras”, tenían una gran jaula donde estaban los anfibios vivos y saltando todos a la vez, las vendían a dos pesetas la caña, cada caña tenía cinco piezas; la ranera una vez la clienta le pedía la cantidad que deseaba, iba introduciendo la mano por una pequeña portezuela y, una a una, con maestría, cogía las piezas y les cortaba la cabeza, les sacaba la piel limpiándolas allí mismo, entregándoselas a la clienta envueltas en un papel totalmente listas para guisarlas.

El caldo de ranas se hacía de la siguiente manera: se ponía agua en un puchero, se introducían las ranas limpias, se le echaba un chorro de aceite, sal, un diente de ajo cortado, azafrán, piñones y un poco de perejil, después de hervir con cuidado de que las ranas no se deshicieran, ya se encontraba el caldo listo para servir. Era mano de santo, el empacho desaparecía en 24 horas.

Muchas anécdotas se podrían relatar sobre la Plaza de Abastos de Orihuela, las gentes que vivían allí: la muy conocida “Chayo”, el colegio de los “cagones” de Rancapinos, etc; pero eso lo dejaremos para otra ocasión que hablemos de ciertos simpáticos personajes de la vida oriolana de esa época.

 

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CALLE MAYOR

 

 

 

Continuando en la línea de mis artículos anteriores, hoy les voy a contar como era la calle Mayor de Orihuela en mi época juvenil.

La calle Mayor de Ramón y Cajal era la vía más emblemática de la ciudad. Paseo nocturno dominical por excelencia; muchos abuelos de hoy conocieron y pasearon con la mujer de sus sueños por esta céntrica arteria del centro histórico de nuestro pueblo. Paso obligado en la típica “Vuelta a los Puentes”.

Recuerdo que antes de la existencia de los Andenes como gran bulevar, era la calle Mayor el único lugar donde paseaba la juventud, sobre todo en invierno, en verano la gente se desplazaba hacia la Glorieta, hasta la construcción de la avenida de Teodomiro que se tomó definitivamente ésta como paseo preferido por su amplitud y zonas ajardinadas en todas las estaciones del año.

Volviendo a la calle Mayor debo decir que, en mi opinión, tenía un encanto especial, era acogedora, plagada de comercios con sus iluminados escaparates, circular por ella era un placer. Al principio la conocí cuando la parte de pavimento fino sólo cubría el tramo comprendido entre la calle Colón y la plaza de El Salvador (Palacio Episcopal), posteriormente ampliarían el pavimento y la peatonalización hasta la plaza del Teniente Linares.

Parece de todo punto imposible que una calle tan estrecha y relativamente corta pudiera albergar tal actividad comercial y de tránsito de personas, pero así era, puedo recordar una veintena de establecimientos; pero a buen seguro que me dejo alguno involuntariamente en el tintero.

Comenzando por la calle Colón, se encontraban los siguientes: Comestibles “El Chi”, con el surtidor manual de aceite a granel que manejaba a las mil maravillas su propietario “Ricardico”.

Tejidos Eleuterio, por entonces la mejor pañería de la ciudad, podías adquirir un corte de traje pura lana virgen “Tamburini” o “Jonisalas” con sus entretelas y forro de raso, magníficamente atendido por su más veterano de los dependientes Miguel Lacárcel, que siempre tenía la atención de regalar con la compra, un estupendo pañuelo blanco para lucir en el bolsillo de pecho del futuro traje o una lujosa corbata de seda.

Tejidos Emilio Salar, con sus dependientes Cayetano y Enrique, que atendían a la clientela siempre con su eterna sonrisa.

Ocetta, selectos artículos de botonería, torzales, bolsos y artículos para regalos. Enfrente Muebles Pardo.

Papelería Estruch, siempre lleno de clérigos ojeando profundos y sesudos libros.

Calzados “La Carmelitana”, con Ignacio como encargado, este establecimiento sólo vendía zapatos de calidad.

Lámparas y artículos de regalos “Torres”, con su enorme escaparate abarrotado de cosas preciosas, valía la pena detenerse allí a echar un vistazo por la diversidad y calidad de la exposición.

Las platerías y relojerías “Correa”. La de Daniel conserva aún el establecimiento la misma fisonomía de antaño.

La Reina de los Bordados”, que regentaba Sebastián y atendía al público junto a la experta y veterana dependienta Pepa “La Catalana”.

La Tienda Blanca, Tejidos Pedrera y Almacenes Palazón, otros tres grandes comercios textiles de la época.

Sombrerería “El Gavilán”, vendía los mejores sombreros y boinas de la ciudad, los críos se paraban mucho en sus escaparates por la gracia que les producían los dos muñecos porta-prenda de cabeza que tenían, uno con cabeza de hombre y otro de niño pero ambos con cuerpo diminuto.

Casa Gea y Casa Gil, dos estupendas tiendas de pañería. Esta última reformó sus escaparates dándoles un aspecto moderno con sus lunas en forma de olas y una gran iluminación, para la época fue muy innovador.

“Los Catalanes”, por entonces una de las mejores camiserías de la ciudad.

El Pilar”, especializada en trajes de boda y comunión de gama alta.

Óptica Peralta” ya al final de la calle Mayor, estupendas gafas de sol, siempre tenían lo último en esta especialidad.

Además, como es sabido, se encuentra la Catedral y el Palacio Episcopal que, al ser entonces residencia oficial del obispo de la Diócesis, le daba a la calle un tránsito de sacerdotes extraordinario.

Asimismo, se ubica en esta calle la que llamaban la mejor casa de Orihuela, la mansión de Escolano, que daba a la calle una pincelada de naturaleza con su gran jardín lleno de árboles, palmeras y jazmineros que asomaban por su gran puerta y valla hasta la misma vía, dando colorido y buen olor a la misma.

El antiguo edificio de Falange, que albergaba la única emisora local, Radio Orihuela, en su acristalado ventanal de la planta baja instalaban todos los años en navidad el belén con agua corriente en su río y villancicos que amenizaban con sus altavoces toda la calle.

La gran película de los años 50 de Bardem “Calle Mayor”, protagonizada por Betsy Blair y José Suárez, refleja con fidelidad la importancia que tenían en las ciudades de provincias estas céntricas arterias.

 

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Señoras en un baile de carnaval en el Casino de Orihuela, a principios de la década de los 50 del Siglo pasado

 

 

LOS BAILES DEL CASINO Y DEL PALAS

 

 

 

Dos lugares emblemáticos de la Orihuela de mi juventud acaparaban el interés de la ciudad durante los carnavales y nochevieja: El Casino Orcelitano y el Hotel Palas.

El primero, todavía resiste en pie. El viejo Casino lucha por sobrevivir en esta sociedad en la que parece no haber otra cosa que escaparse los fines de semana y los días festivos con sus correspondiente “puentes” a la segunda residencia, o incluso al extranjero. El Estado del bienestar tiene eso.

El segundo, El Hotel Palas. Quiero decir antes de nada que después de tantos años de su desaparición, todavía cuando paso por el Puente de Levante dirijo instintivamente la mirada hacia ese mastodóntico y frío edificio que ocupa su lugar, sede de una entidad de crédito; entonces viene a mi memoria aquel emblemático edificio con su puerta acristalada giratoria, la terraza que ponían en verano y algunos soleados domingos de invierno en el exterior, junto a la barandilla del puente, donde se podía degustar un arroz con costra o cocido con pelotas escuchando el sonido de las aguas al romper sobre los azudes; pero sobre todo las veladas de baile.

Era costumbre que los jueves de carnaval casi todos fueran de merienda a San Miguel, justo detrás del Seminario había una planicie con oliveras donde la gente iba a pasar la tarde, la juventud se divertía jugando al tranco, al caliche, a las cartas, al fútbol... las chicas saltaban la comba y así transcurría la tarde, llegada la hora, se abrían las fiambreras y las botas de vino y entre bromas daban buena cuenta de lo que allí se ponía sobre un mantel de cuadros en el suelo; después, al regreso se cantaban canciones populares oriolanas, recuerdo unas estrofas que me hacían mucha gracia, decía así:

Sólo Tú, sólo tú conejo hermoso.

Pasarás por mi gaznate.

Con pimientos y tomates.

Allá arriba, allá arriba en San Miguel.

 

Cántaro y medio de vino.

Entre cuatro zapateros.

Y el que menos ha bebido.

Son tres litros, son tres litros por lo menos.(...)

 

Pasada la tarde, era la hora de prepararse para los bailes de carnaval, como decía al principio los dos lugares principales para ello eran el Casino y el Hotel Palas.

Los disfraces estaban autorizados siempre y cuándo se pudiesen reconocer a las personas, por lo tanto había hombres que se vestían de mujer, mujeres de hombre, pequeños antifaces...

El Casino organizaba sus bailes y eran muy concurridos; pero al ser una entidad cultural y recreativa cuyo acceso estaba restringido a sus socios, mucha gente, aunque abriesen las puertas ese día, se retraía a la hora de participar; es motivo a destacar los bailes que organizaban en sus salones con motivo de las Fiestas del Azahar, esto ocurría por Pascua de Resurrección, aprovechaban las chicas de clase acomodada para la puesta de largo y presentación en sociedad. Evidentemente a este baile sólo se podía asistir con invitación personal e intransferible y vestidos de etiqueta; sin embargo, no ocurría lo mismo en el Palas, los bailes de carnaval y fin de año de este hotel estaban abiertos a toda clase de gentes sin cortapisas de clase alguna, a mi juicio, eran mucho más divertidos, su salón se ponía a rebosar, costaba atravesar la puerta para entrar en el interior, en las pequeñas mesas circulares apenas quedaba espacio para poner un vaso y la gente se apiñaba de pie alrededor de la barra del bar.

La “orquestina” (llamada entonces así la orquesta), dejaba sonar los ritmos de moda; la “vocalista” (también se denominaba así a la cantante), entonaba sus melodías embutida en los vestidos estrechos con abertura lateral, a lo “Gilda” o Abbe Lane, que tanto se llevaba entonces. La gente lo pasaba en grande en aquel lugar donde todos se conocían y se saludaban siendo la risa y la alegría la nota predominante.

Quiero decir que, tanto el Casino, (que todavía pervive), como el desaparecido Hotel Palas, me causan gran tristeza, el primero porque lo veo decrépito y no acaba de encontrar la “medicina” que lo revitalice; el segundo porque ya no lo veré nunca más.

 

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Año 1955. Grupo familiar de veraneantes en La Murada ante el vehículo "Versalles"  de Francois

(Foto: A.G. Colomina)

 

 

 

MIS VERANOS EN LA MURADA

 

 

 

Era allá por la década de los 50, siendo yo muy niño aún, fui con mi familia a pasar por primera vez el verano a La Murada. Por aquel entonces sólo tenían esta costumbre un reducido número de familias oriolanas que, o bien tenían casa propia o alquilaban todas las temporadas.

El primer año arrendaron mis padres en el caserío de Los Riquelmes, para los críos aquello era un paraíso, nuestros vecinos, la Tía Teresa y la Tía Matilde nos colmaban de atenciones, el Tío Ricardo que al ser el dueño de una Era nos montaba en el trillo que para nosotros era más gratificante que el mejor tobogán. Sus hijos Ricardico, acordeonista autodidacta, todavía resuenan en mis oídos los compases de sus melodías en las serenas noches a la luz de la luna muradeña; y Crescencio, su hermano menor que, con su eterna sonrisa, nos llevaba a abrevar el ganado montados en los borricos...

Después vendrían muchos veranos más en Los Vicentes. Éramos ya fijas muchas familias, los días eran largos y había tiempo para todo. Por la mañana temprano cogíamos brevas o higos en las fincas de Mariano Martínez “Rovira”, gran amigo de mi padre y mejor persona, sus hijos todavía me honran con su amistad.

Llegada la hora más calurosa del día nos bañábamos en el canal de riego que pasaba cerca del Cementerio. Posteriormente construyó en su finca el oriolano Paco Aix una gran balsa de riego y nos autorizaba a bañarnos en ella desinteresadamente.

Otra forma de distracción consistía en acercarse a uno de los corrillos en plena calle donde se pelaban almendras manualmente (entonces no había otra forma), al mismo tiempo que se ayudaba a la labor se conversaba con las chicas, se contaban chistes y nos reíamos mucho, naturalmente cada uno iba al corrillo donde estaba la muchacha de sus preferencias, era una manera asolapada de estar con ella.

El cine de verano era de lo más pintoresco, para que el lector tenga una ligera idea, la pantalla era una pared encalada de blanco y el asiento tenía que llevarlo el espectador. Las películas eran viejísimas y durante la proyección se cortaba el celuloide varias veces. A pesar de todo aquello tenía su encanto.

Recuerdo la expectación que se suscitó en torno al Tour de Francia aquel año que participó y ganó un premio importante nuestro paisano Bernardo Ruiz “El Pipa.” Mis padres tuvieron que sacar la radio de válvulas con un largo cable hasta la puerta de la casa para que pudiesen escuchar los lugareños la gran proeza de nuestro mejor deportista de la época. Hay que recordar que por entonces en muy pocas familias se disponía de receptor de radio.

Los bares que yo conocí en los últimos veranos que fuimos a La Murada eran: el de Tono (frente a la Iglesia), Justino, en la parte alta del pueblo y el de Francois en la carretera. Este último vino por entonces de Francia, traía un coche “Versalles” color crema, capota negra y llantas blancas que era la atracción del pueblo. Nos quedábamos embobados todos mirando aquel cochazo. Tuve la ocasión de subirme en él varias veces y nunca en mi vida había experimentado una sensación tan agradable.

A cargo del correo estaba Antonio, un hombre de mediana edad que conducía diariamente un desvencijado autobús haciendo la línea La Murada-Orihuela y viceversa, él se encargaba de llevar pasajeros, paquetes y la correspondencia que había que recoger o depositar (según el caso), en su mismo domicilio. Era un hombre serio, pero muy formal y servicial.

El encargado de suministrar el tabaco a todo el pueblo era Martín, el único estanquero en bastantes kilómetros a la redonda; su simpática y guapa hija Mari Carmen atendía al público. Igualmente, había una tienda única de comestibles donde al entrar se confundían los olores, regentada por la señora Carmen, se podía comprar desde un sombrero hasta una herramienta, pasando por los comestibles, lo que necesitara a buen seguro que lo encontraba en ese lugar.

Muchos y buenos amigos hice en La Murada, sobre todo el último verano que pasé allí, como consecuencia de las obras del Canal del Taibilla, se encontraban residiendo provisionalmente en aquel pueblo algunas familias que trabajaban para ese proyecto, entre ellas conocí a dos jóvenes murcianos simpatiquísimos: Pepe (hoy actor de teatro, cine y televisión, conocido artísticamente como David Areu, contrajo matrimonio con Cristina, la cantante de Los Stop), y su hermana Encarnita, los dos eran encantadores.

Recuerdo con mucho cariño a todos los muradeños en general y especialmente a los hermanos Martínez Vicente. Estilita y Amelio Cartagena. Antoñita y Mari Paz... y tantos otros que ahora no recuerdo sus nombres pero que sus caras permanecen en mi memoria. Con todos lo pasé extraordinariamente bien.

Ahora observo que La Murada, evidentemente, ya no es lo que era. El problema que afecta a sus habitantes por la proximidad del vertedero; las legítimas aspiraciones de segregación; los vaivenes políticos y de toda índole que se generan por la vorágine de vida que nos rodea, hace que este lugar no sea tan apacible como lo fue en tiempos pasados, pero creo que todavía conserva un carisma y no me cabe duda que un gran futuro, al menos así lo deseo.

 

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Y EN MAYO, A VOLAR LA MILOCHA

 

 

 

En alguno de mis libros ya he comentado la costumbre que había en Orihuela de volar la cometa —‘milocha’, en la jerga oriolana—. Una vez pasada la Pascua, con el buen tiempo y la brisa que suele correr por la parte alta de la sierra, se daban unas condiciones meteorológicas más que favorables para ésta, casi desaparecida costumbre, de levantar el vuelo de aquellos artilugios que presentaban formas generalmente diferentes: rombo, trapezoide, hexagonal… La materia prima para su fabricación era bastante rudimentaria, si bien es verdad que todo el mundo no podía adquirir una hermosa cometa, ya que se cotizaban a buen precio. Se confeccionaba artesanalmente con cañas, papel de seda, hilo de palomar, engrudo y una larga cola de tela que se formaba con retales recogidos en las diferentes sastrerías de la ciudad. Había gente muy habilidosa que se dedicaba a elaborarlas y ponerlas a la venta.

Por estas fechas los chicos de mi época solíamos acudir en masa a los parajes más idóneos para echar al vuelo nuestra milocha. Los lugares preferidos eran el conocido como Malguarte; se encontraba en plena peña, muy cerca de la ‘rejullaera grande’. Era una pequeña planicie que también utilizaban algunos recoveros para pastorear sus pavos. Tanto la ‘rejullaera’ como el Malguarte desaparecieron tras la construcción de la segunda carretera del seminario. Aquél sitio era ideal para elevar nuestras cometas, ya que, solía soplar el viento con más fuerza que en otras zonas.

Otro lugar predilecto por los aficionados era hacerlo desde las inmediaciones de la Cueva del Tío Paco. Hasta aquí llegaban los residentes en la parte más céntrica de la ciudad. Al igual que en la otra zona, se podía alternar el vuelo de la milocha con los juegos en la ‘rejullaera’, pues éstas existían en ambos sitios.

Elevar hasta alturas considerables aquellos artefactos constituía un auténtico ritual, era una mezcla de arte y deporte que precisaba una gran destreza por parte del que practicaba esta actividad. Generalmente se necesitaba la ayuda de otra persona y se solía hacer de la siguiente manera: Uno, sujetaba la milocha con los brazos en alto mirando hacia la dirección de donde soplaba el viento. El otro que manejaba el ovillo del hilo, siempre dando la cara a la milocha y separado de ésta unos cuantos metros. Cuando la brisa era favorable iba dando pequeños tirones del hilo hasta que el artilugio remontaba el vuelo, momento en que era soltado por el que la sujetaba. Una vez la milocha tomaba en el aire la posición horizontal, era solo cuestión de ir dejando hilo a pocas cantidades continuando con los pequeños tirones o impulsos. Algunos adultos que también practicaban este juego volaban sus milochas, a tanta altura, que apenas se podían distinguir desde el suelo. Un buen volador de cometas podía tener la suya en pleno movimiento por espacio de, al menos, una hora.

La recogida también tenía su técnica. Como quiera que la milocha ofreciera resistencia, el colaborador tiraba del hilo muy despacio mientras el otro iba liando en el canuto que servía de base al ovillo, así hasta tener la milocha en sus manos, extremando siempre todas las precauciones para que no recibiera ningún golpe ni arañazo que la inutilizara, pues el material empleado en su construcción era extremadamente frágil.

Una vez más ha desaparecido de nuestras vidas un juego saludable y ecológico en aras del progreso. La mayoría de nuestros jóvenes ahora dedican su tiempo libre a esas endiabladas maquinitas electrónicas, los cascos musicales y los botellones. Ya dicen que se están dando casos de Alzheimer en jóvenes de 20 años; Dios quiera que no se instale esa grave enfermedad en ellos, pues sería catastrófico para el futuro de todos.

 

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A VUELTAS CON LA CRUZ DE LA MUELA

 

 

 

Se cuenta que el dominico valenciano San Vicente Ferrer, estuvo en Orihuela en el año de gracia de 1411, contaba por entonces 61 años de edad. Al parecer, en una de sus predicaciones dirigiéndose a los habitantes de la Vega Baja les dijo algo parecido a esto: “Hermanos en el Señor, estoy seguro que en aquella alta montaña habitan muchos demonios, que con sus infernales intenciones harán estragos en vuestras almas. Si ponéis la cruz de Cristo en todo lo alto del monte huirán y podréis vivir en paz”.

Así parece ser que lo hicieron los oriolanos de entonces, construyeron una gran cruz de madera y la plantaron en lo más alto de la sierra de la Muela.

Pasaron los siglos y, tras haberse reconstruido la cruz en numerosas ocasiones, en 1910, el devoto oriolano Inocencio Carretero —un santo varón del que yo relato una anécdota en mi libro “Orihuela. Sus calles, sus plazas, sus gentes…”—, propuso la fabricación de una cruz de hierro que perdurase más allá de las inclemencias del tiempo. Así lo hicieron, pero durante la Guerra Civil ésta desapareció.

Acabada la contienda, en 1942, decidieron los oriolanos colocar de nuevo su cruz en lo alto de la sierra, construyeron una nueva de hierro de similares características de la anterior y la pusieron en el mismo lugar, ésta permaneció en pie hasta 1985 que fue vandálicamente aserrada por unos desconocidos que la arrojaron desde la cima. Ese mismo año, sin pérdida de tiempo fue fabricada una nueva cruz de hierro de unas dimensiones de 14,80 m. de altura por 8 m. de brazada, sobre una base de mampostería de 1,60 m. Para poderla trasladar desde la ciudad hasta su enclave habitual el Ayuntamiento recabó la colaboración de las Fuerzas Armadas que la transportó en un helicóptero militar.

Esta cruz que corona la sierra de Orihuela desde hace 600 años, está ahora en entredicho por la acción de un letrado oriolano (¿?), que desea retirarla, al igual que el Cristo de Monteagudo en Murcia, invocando un R.D. de 22 de abril de 1949.

Tanto la imagen del Sagrado Corazón de Jesús que existe en Monteagudo, como la Cruz de la Muela de Orihuela, dejando de lado el significado religioso, que lo tiene, se han convertido en un signo de identidad que forman parte de toda la huerta de la Vega Alta y Baja del Segura, así como del patrimonio del pueblo.

Por otra parte, la sierra oriolana está declarada por la Unión Europea desde el 2006 LIC. (Lugar de Interés Cultural). Igualmente, el Ayuntamiento está en trámites de declarar el paraje —cruz incluida— como Paraje Natural Municipal. Pero la oposición municipal sumándose al deseo de la inmensa mayoría de oriolanos, propone que se solicite para la Cruz de la Muela la declaración BIC. (Bien de Interés Cultural), con lo que sería intocable tanto la cruz como su entorno.

Fuera de todas estas declaraciones oficiales y vericuetos jurídicos, que no es lo mío, el sentido común me dice que la Cruz de la Muela está muy bien donde está. No ofende a nadie, no le cuesta a ningún ciudadano, sea de la religión o ideología que sea, ni un céntimo, además no creo que contravenga ninguna ley, ya que la primera que se instaló fue anterior al reinado de los Reyes Católicos.

Los oriolanos de ahora, sus padres, sus abuelos, sus bisabuelos y así hasta seis siglos atrás, han —hemos— nacido a los pies de la Cruz de la Muela, creo que no hay necesidad de herir la sensibilidad de nadie queriendo derribar un monumento emblemático en el paisaje de la comarca y, aunque no me gusta dar consejos, me atrevería a decir que si alguno desea notoriedad, puede presentarse al Festival de Eurovisión, ganar el Tour de Francia o averiguar si las carabelas de Colón llevaban los papeles en regla para navegar allende los mares, porque si no es así, podrían declarar ilegal el descubrimiento de América.

Todo esto me da que pensar. ¿No creen ustedes, amigos lectores, que alguno de los demonios de que hablaba San Vicente Ferrer ha podido descender desde la alta montaña hasta la ciudad para hacer alguna de las suyas…? Por si acaso, tengan a mano el agua bendita.

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