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ALGUNOS PERSONAJES ORIOLANOS DE MEMORABLE RECUERDO

 

 

El universal Miguel Hernández Gilabert, poeta y damaturgo oriolano

 

 

MIGUEL HERNÁNDEZ

UNIVERSAL POETA ORIOLANO

 

Miguel Hernández Gilabert (Orihuela, 30 de octubre de 1910 - Alicante, 28 de marzo de 1942). Poeta y dramaturgo español.

De familia humilde, tiene que abandonar muy pronto la escuela para ponerse a trabajar; aun así desarrolla su capacidad para la

poesía gracias a ser un gran lector de poesía clásica española. Forma parte de la tertulia literaria en Orihuela, donde conoce a

Ramón Sijé y establece con él una gran amistad. A partir de 1930 comienza a publicar sus poesías en revistas como El Pueblo de Orihuela 

o El Día de Alicante. En la década de 1930 viaja a Madrid y colabora en distintas publicaciones, estableciendo relación con los poetas

de la época. A su vuelta a Orihuela redacta Perito en Lunas (1933), donde se refleja la influencia de los autores que lee en su infancia

y los que conoce en su viaje a Madrid. Ya establecido en Madrid, trabaja como redactor en el diccionario taurino El Cossío y en las

Misiones pedagógicas de Alejandro Casona; colabora además en importantes revistas poéticas españolas. Escribe en estos

años los poemas El silbo vulnerado (1934), Imagen de tu huella (1934), y el más conocido: El Rayo que no cesa (1936).

Toma parte muy activa en la Guerra Civil española, y al terminar ésta intenta salir del país pero es detenido en la frontera

con Portugal. Condenado a pena de muerte, se le conmuta por la de treinta años pero no llega a cumplirla porque muere de

tuberculosis el 28 de marzo de 1942 en la prisión de Alicante. Durante la guerra compone Viento del pueblo (1937) y

El hombre acecha (1938) con un estilo que se conoció como “poesía de guerra”. En la cárcel acabó Cancionero y romancero

de ausencias (1938-1941). En su obra se encuentran influencias de Garcilaso, Góngora, Quevedo y San Juan de la Cruz.

Fuente: Instituto Cervantes

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Bienvenido López Riquelme (Riquelme) en su época de jugador del Sevilla 

 

 

 RIQUELME, LEGENDARIO FUTBOLISTA ORIOLANO

 

 

Creo, en mi modesta opinión, que Orihuela tiene pendiente una deuda de gratitud con algunos hijos suyos que llevaron con orgullo por toda España y por el extranjero el nombre de su querida ciudad natal. Este es el caso de un oriolano que triunfó en el deporte más popular: el fútbol.

Me estoy refiriendo al legendario jugador Bienvenido López Riquelme, célebre por su nombre deportivo de Riquelme.

Bienvenido nació en Orihuela junto a la cuesta del Seminario, era domingo 16 de marzo de 1930, ese día, en lo histórico, fallecía en París el general Miguel Primo de Rivera, Dictador español. En lo local, subían en procesión solemne hacia su sede del convento franciscano al Patrón de la ciudad y su huerta, N.P. Jesús Nazareno, tras la tradicional novena en la Iglesia de las Santas Justa y Rufina. Riquelme era hijo de Carlos López García, de profesión recovero, y de Concha Riquelme Ortega, que regentaba una carnicería en la Plaza de Abastos, tomó como nombre deportivo el apellido de su madre, aunque en Orihuela todo el mundo le conocía por su nombre de pila.

Nuestro protagonista tuvo siete hermanos: Antonia (madre de Ramón, otra figura del fútbol), Carlos (prestigioso abogado que fue Delegado Provincial del Ministerio de la Vivienda en Alicante), Federico, Concha (fallecida a temprana edad), Antonio, Manuela y José (este último conocido sastre oriolano).

Bienvenido, siendo muy niño ya jugaba en la plaza Caturla con todo lo que rodaba por el suelo, incluso se confeccionaba pelotas con trapos atados. De adolescente, entrenaba en la placeta del Carmen, en los terrenos de lo que hoy es La Ocarasa y, cómo no, en la explanada del Seminario, como casi todos los chicos de su época.

Eran años muy difíciles de la dura posguerra, nuestro personaje tras la escuela obligatoria que finalizó en la década de los 50, no tenía otras miras que no fuera el fútbol, no obstante, debía decidirse por la seguridad que daba el aprender un oficio y se inclinó por entrar en el taller de sastrería del maestro Ginés Gea, que se ubicaba en la calle San Pascual. Bienvenido compaginaba perfectamente su vida laboral con la deportiva, destacándose de entre todos los jóvenes de la ciudad por su juego fino e inteligente.

El “Orcelis”, equipo filial del Orihuela Deportiva, puso sus ojos en él, militando en sus filas a los 17 años de edad, hasta que su buen hacer trascendió extramuros y en 1949, con tan sólo 19 años, entra a formar parte en la plantilla del prestigioso Imperial de Murcia, equipo de la 3 ª División.

Ya había abandonado Riquelme su oficio de sastre para dedicarse por completo al deporte profesional. Fue adquiriendo técnica y llegó a destacar por la manera de moverse en el campo de fútbol, su estilo elegante y su velocidad que alguien comparaba con la de una gacela, al mismo tiempo que contundente cuando jugaba como defensa, hicieron que un gran equipo de Primera División se fijara en este joven oriolano, así en 1952 le fichó el Sevilla CF, formando parte de una histórica plantilla que marcó época en la afición sevillista, compuesta por: Busto, Manolín y Burgel como porteros. Campanal, Guillamón, Navarro y Jerónimo Herrera los defensas. Enrique, Ramoní, Gallardo, Riquelme y Nacio medios. Para la delantera: Araujo, Arza, Campos, Doménech, Pepe Herrera, Manolo Liz, Loren, Bangui, Oñoro, Uncilla y Ayala.

Riquelme formó parte de la Selección Española de Fútbol, categoría B, para dos partidos amistosos de mucha expectación: el 6 de mayo de 1953 en Valencia para el encuentro España-Luxemburgo, y el 14 de junio del mismo año en Dortmund (A.F.), para el encuentro Alemania Federal-España.

En la temporada 54-55, formando parte aún de la plantilla sevillista nuestro Bienvenido, el Sevilla jugaría varios partidos internacionales, frente al Independiente de Avellaneda (1-1), ante el First de Viena, victoria por 3-2, ante el Rácing de Avellaneda, nueva victoria por 3-2, y en el mes de junio el Sevilla se impone por 3-2 al campeón sueco del Helsingborg y consigue por segunda vez proclamarse campeón del prestigioso trofeo “Teresa Herrera”, celebrado en la ciudad de La Coruña.

Nuestro personaje se destacaba en lo personal por su gran amor a Orihuela, tuvo ocasión de finalizar su carrera deportiva en Sevilla, (donde al día de hoy los más mayores aún le recuerdan), regentando algún negocio de las muchas ofertas que recibió de sus amistades, pero toda su ilusión era regresar a su ciudad natal. Por ello, militó tras el Sevilla, en equipos cercanos a su tierra: el Elche C.F., Real Murcia, Albacete Balompié, y por último en el Orihuela Deportiva.

El oriolano pasa a formar parte de la plantilla del Elche C.F., y queda para los anales del fútbol ilicitano la fecha 19 de abril de 1959, con una abrumadora victoria ante el Tenerife, que le gana por 0-3, el Elche llegaba a alcanzar la gloria subiendo a la Primera División por primera vez en su historia. El equipo que consiguió la gesta estaba formado por: Navarro, Gómez, González, Quirant, Riquelme, Rodri, Isidro, Pahuet, Cardona, César, Outeruelo y Nito II.

Bienvenido contrajo matrimonio con su novia de siempre, la oriolana Fina Fabregat Conesa, mujer bondadosa, esposa y madre ejemplar que le dio 9 hijos: María José, Inmaculada, Bienvenido (que ha seguido la vocación de su padre, siendo actualmente entrenador de fútbol); Carlos, Santiago (Medalla de bronce de Fútbol-7 en los X Juegos Paralímpicos de Atlanta, por lo que se le concedió la Medalla de Oro de la Generalitat Valenciana al Mérito Deportivo); Cristina, Mónica, Adolfo y Javier.

Este gran deportista oriolano, cuando sus obligaciones se lo permitían, era asiduo en las tertulias nocturnas que se constituían en la terraza del desaparecido Bar Zara, donde acudían personajes del mundillo local del deporte y en las que participaba también Antonio Rodríguez de Egío (“El Macando”), gerente de dicho establecimiento. Bienvenido era muy vehemente en sus exposiciones, simpático y con donaire en su manera de andar, pero sobre todo, era apreciado por los que le conocían por su gran corazón, su simpatía natural y su gracejo oriolano, cualidades innatas en él.

Riquelme, finalizó su carrera en el Orihuela Deportiva tras una larga andadura en el fútbol español, habiendo formado parte de la Selección Española en distintas categorías y cosechando numerosos triunfos.

Retirado totalmente del fútbol, regentó un supermercado en la oriolana calle de Ramón Sijé hasta la edad de su jubilación.

Bienvenido López Riquelme, falleció en su querida Orihuela el 4 de mayo de 2006, a los 76 años, 2 meses y 12 días, rodeado de su numerosa familia. Al sepelio que se llevó a cabo en la parroquia de San Vicente Ferrer, acudieron numerosos amigos y compañeros del mundo deportivo que manifestaron su dolor por la pérdida de este gran deportista, oriolano y excelente persona.

En el féretro se depositaron varias coronas de flores tanto familiares como de los clubes donde había militado.

El que esto escribe, que ha tenido el orgullo de ser primo hermano de Riquelme, desea de corazón que esta humilde crónica sirva como pequeño homenaje particular a quien fue un gran jugador de fútbol que enarboló, como su mejor bandera, el nombre de su “Orihuelica” por todo el mundo.

También, para que nuestras autoridades no olviden a los personajes que, como Bienvenido López Riquelme, merecen que su nombre se perpetúe en nuestra ciudad.

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NOTA DEL AUTOR

Antonio G.  COLOMINA

 

Esta reseña biográfica del jugador de fútbol Bienvenido López Riquelme, fue remitida a la dirección del

Sevilla F.C.,  por el que suscribe, habiendo recibido de dicha Entidad deportiva el siguiente comunicado:

 

Estimado Sr. Colomina

 

recibimos con agrado estas noticias que engrandecen la historia sevillista, le gradecemos que haya indagado y escrito la biografía de uno de nuestros jugadores históricos.

Estaremos encantados que su publicación engrose la biblioteca del Área de Historia del Sevilla FC que se está poniendo en marcha, así como hacer referencia en nuestras

publicaciones habituales este hecho, que sin duda hará que el sevillismo conozca de primera mano a nuestros gloriosos jugadores y de López Riquelme en particular. 

Agradecidos nuevamente, reciba un cordial saludo. 

Carlos Romero – Coordinador del Área de Historia del Sevilla FC.

Biografía de López Riquelme


Carlos Romero – Coordinador del Área de Historia del Sevilla FC.

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Ramón Navarro López ("Ramón"), en su época de jugador del Hércules de Alicante

 

 

RAMÓN NAVARRO LÓPEZ  (“RAMÓN”)

 UNA ESTRELLA FUGAZ

 

 

Corría la época del pan con aceite, alpargatas de lona y esparto, carruajes cargados de cañas, “aguaores”, “menaores”, luces mortecinas, frecuentes riadas y calles embarradas… En aquella Orihuela, cuando todavía saboreaban los oriolanos de entonces las bolas de San Antón, el turrón de panizo y el palmito. Los prometidos se juraban amor eterno obsequiándose con la tradicional “pesá”; en aquel contexto histórico local venía al mundo siendo día 18 de enero del año 1946, uno de los deportistas más importantes que ha dado nuestra tierra, él fue, Ramón Navarro López.

Su padre, Ramón Navarro Torregrosa, hijo de una familia numerosa de artesanos, conocida en el pueblo por “Los Rondoyos”. Aprendió su oficio de ebanista, como se aprendían antes las profesiones, a base de trabajar desde niño muchas horas al día con los maestros en sus talleres. En su pequeño obrador de la calle del Horno, donde residía en una casita de planta baja, elaboraba artísticos muebles con sus mismas manos, sin otras maquinarias que unas pocas herramientas rudimentarias: el formón, la sierra, el cepillo, el martillo, la lima y poco más. En los duros estíos oriolanos sacaba el banco de trabajo a la calle, aquella calle de tierra surcada por las avenidas de agua que discurrían de la sierra a través de un barranco; allí mismo, encendía un hogaril donde calentaba la cola necesaria para pegar las diferentes piezas de los muebles que le encargaban. Este hombre, honrado y trabajador donde los hubiera, compaginaba la carpintería con un empleo de portero en el cine Riacho. Pero aún sacaba tiempo para disfrutar de su vocación de “semanasantero”, participando en la Centuria Romana donde era abanderado a las órdenes del emperador Luis Boné, y como cantor de la Pasión en el grupo que dirigía el inefable Pepe Rodríguez.

Su madre, Antonia López Riquelme, hija mayor de una numerosa prole, mujer sencilla y bondadosa, tuvo que dedicar su juventud a las labores domésticas y al cuidado de sus hermanos para que sus padres, Carlos y Concepción, conocidos por “Los Recoveros”, pudieran trabajar en el negocio familiar, regentaban una carnicería en la Plaza de Abastos.

Nuestro personaje, “Ramonico”—así le llamaban todos—, tan sólo tuvo una hermana, Conchita, que durante toda su vida permaneció muy unida a él.

Ramón Navarro López, nació y se crió en la calle del Horno, cerca de la cuesta del Seminario. Fue bautizado en la S.I. Catedral, sus padrinos fueron su abuela materna Concha y su tío Carlos López Riquelme.

Desde que comenzara a caminar no tuvo otro juego ni diversión que no fuera la pelota. con apenas 8 ó 9 años jugaba en la plaza de Caturla junto a otros niños, pero siempre destacaba de entre los demás, la gente que iba de paso hacia San Miguel, incluidos los seminaristas, se detenía para ver las jugadas que realizaba el que ya algunos denominaban “Calsita”—legendario goleador del Orihuela Deportiva, Hércules C.F. y del Atlético de Madrid—, quedando todos ensimismados con las piruetas y malabarismos que realizaba con las pelotas de caucho que su madre le compraba en el bazar de “Marianico”. Los vecinos de la zona le comentaban siempre a su padre: “Ramón, este zagal te hará colgar el martillo”. Sus lugares de juego eran aquellos donde se podía botar un balón: La mencionada plaza Caturla, la plaza del Carmen y la explanada del Seminario. Por aquella época era muy propenso a coger afonía debido a las sudadas que soportaba en lo que él ya consideraba entrenamientos. Estaba predestinado, en muy poco tiempo iba a convertirse en una gran figura del fútbol.

Ramón asistió para la primera enseñanza al cercano Oratorio Festivo, allí, de la mano de aquellos vocacionales y gratamente recordados profesores que tanto amor ponían en su magisterio: don Félix, don Enrique, don Francisco, don José, don Jaime, don Tomás y don José María, recibió nuestro protagonista la formación necesaria para tomar su primera comunión y posterior ingreso en el instituto. En la capilla del Oratorio Festivo, a los pies de María Auxiliadora y, como es natural, de la mano de nuestro añorado D. Antonio Roda López, recibió a Cristo Sacramentado—como se decía antes—. Siguiendo la tradición de la época, sus padres le vistieron de marinero, pero al no poder conseguir en el pueblo una gorra para dicho uniforme, se la encargaron a José María Parra, un vecino que era sargento de la marina en Cartagena; así que, el niño, pudo hacer su primera comunión con el uniforme completo.

Ramón compaginaba muy bien sus estudios con su indefectible afición al fútbol, que practicaba en los alevines y más tarde en los juveniles de Orihuela, siendo su primer entrenador Pepe Tormo (“El Chepaíco”) que, a la sazón, era también vecino suyo en la calle del Horno. Consciente de que no podía ni debía olvidar sus obligaciones académicas, tanto en el Oratorio Festivo como más tarde cursando el bachillerato en el Instituto Laboral—aquel popular Centro que se ubicaba en el palacio de los marqueses de Arneva, actual sede del Consistorio oriolano—, sacaba unas notas excelentes, pero tuvo que abandonar la idea de realizar estudios superiores porque, inmediatamente, el fútbol profesional fijó su mirada en la joven promesa.

Ramón, recaló en el Hércules de Alicante en la temporada 63/64, con 17 años de edad, pronto se convirtió en el ídolo de los alicantinos. El oriolano era “venerado” en la capital de la provincia, hasta tal punto que la afición cuando asistía los domingos al extinguido estadio de la Viña, no decía que iba al fútbol, sino a ver a Ramón. Hoy en día, aún está considerado por muchos aficionados como el mejor jugador que ha tenido el Hércules en todos los tiempos.

Pronto destacó de entre los jugadores de su edad, debutando como internacional juvenil el 27 de febrero de 1964 en la Condomina de Murcia ante la Selección de Inglaterra.

Orihuela no era ajena a la carrera deportiva de uno de sus hijos predilectos, todos seguían de cerca el fulgurante ascenso de “Ramonico”. Cuando todavía no había cumplido los 18 años de edad, la Honorífica Orden de San Antón le distinguió con el nombramiento de Caballero de dicha Institución; convirtiéndose así, quizá, en el más joven de los designados para esta investidura. Al acto de entrega del título asistieron, entre otras personalidades, don Santiago Bernabéu, presidente del Real Madrid.

Su fuerza, su tesón, su habilidad con el balón y su nobleza en el campo de juego, le hicieron granjearse la amistad y el cariño de todos sus compañeros y, a pesar de su juventud, gozaba del respeto y admiración de la Federación Española de Fútbol, siendo elegido para jugar con la Selección Española Sub-18, el “XVII Torneo de la UEFA”, que se celebró en Holanda del 26 de marzo al 5 de abril de 1964. Fue alineado como titular en los cinco partidos que hizo España, jugando contra Bélgica, Hungría, Turquía, Escocia e Inglaterra, quedando España subcampeón de Europa. En esta ocasión, hubo algún medio de comunicación que dijo: “Ramón, se vislumbra como el futuro segundo Gento”.

En la misma temporada, celebrándose un partido de desempate de Copa en La Condomina de Murcia, frente a un poderoso Elche, marcó el gol que sirvió para que su equipo pasara a octavos de final.

El ya profesional del balompié tuvo momentos de gloria tan importantes como en la temporada 1964/1965, donde quedó como el máximo goleador de su equipo con 12 goles en su haber.

En la temporada 1965/1966, un gol marcado por Ramón al Calvo Sotelo le valió al Hércules el ascenso a primera división.

El 29 de enero de 1967, Ramón debutaba como internacional Sub-23 en el Estadio de Sarriá en Barcelona contra el Luxemburgo, en un encuentro amistoso, ganando España por 5 a 0, dos de los goles marcados por el herculano en unas jugadas extraordinarias que causaron el delirio de los aficionados.

Por aquella época, la Selección Española de Fútbol no podía prescindir ya de nuestro protagonista, por ello, el 22 de marzo del mismo año, fue de nuevo alineado para jugar un encuentro amistoso contra Francia.

Era evidente que la fulgurante carrera deportiva de este oriolano que apenas contaba 21 años de edad no pasaba desapercibida, a su temprana edad ya formaba equipo con jugadores como: Reina, Osorio, De Felipe, Marcial, Uriarte, Claramunt, Vavá, Poli, Arieta, Quino, Lico, Rodri, etcétera. Los grandes clubes de España se lo disputaban, por fin pujaron por su traspaso el Atlético de Madrid y el Barcelona, consiguiendo el equipo de Vicente Calderón su fichaje. El joven jugador del Hércules firmó por tres temporadas con el Atlético de Madrid, pero nunca llegó a vestir la camiseta rojiblanca. Los servicios médicos del club, muy estrictos en los reconocimientos debido al coma profundo en que cayó años atrás Martínez, uno de sus jugadores, hizo que los facultativos extremaran sus pruebas, detectando en Ramón una lesión cardíaca que, si bien no era de gravedad inmediata, sí lo podía ser para la práctica del deporte.

Lejos de darse por vencido, visitó a los mejores especialistas de Barcelona, Bilbao y Reino Unido, con la esperanza de encontrar un nuevo dictamen médico.

Con motivo de la visita a España en 1968 del prestigioso cardiólogo Christiaan N. Barnard, famoso mundialmente por haber sido el primer cirujano en la historia de la medicina que realizó un trasplante de corazón en un ser humano; éste, tuvo especial interés en entrevistarse personalmente con Ramón, ya que, su caso, le era conocido por haber sido muy divulgado en los medios de comunicación. Ambos tuvieron una charla en privado en el Hotel Mindanao de Madrid, conversación que nunca trascendió públicamente.

Tras dos años de peregrinar por prestigiosas clínicas le confirmaron su dolencia y, el 19 de marzo de 1969, abandonaba para siempre la pasión de su vida: el fútbol. Se despedía de su afición en el Campo de La Viña en un multitudinario homenaje que le tributó el Hércules. Con las gradas totalmente abarrotadas de público se organizaron dos encuentros. En el primero, se enfrentaron las selecciones de España y la regional de veteranos. En el siguiente partido jugaron el Hércules contra un equipo formado por varias figuras nacionales.

El infortunio, esa cosa malévola que se instala algunas veces en las personas, eligió a nuestro protagonista siendo todavía casi un niño dando al traste con una imparable carrera deportiva. Sus profundas raíces cristianas le ayudaron a aceptar esta adversidad, apeándose con toda naturalidad del pedestal de la gloria para emprender una vida laboral en el anonimato y la sencillez, cosa que no le fue muy difícil porque la modestia era él mismo.

Al dejar el fútbol fue reclamado para realizar el servicio militar, los médicos le comunicaron que si aportaba toda la documentación de las pruebas que le habían realizado existiría la posibilidad de eximirle de la obligación, pero él no quiso aprovecharse de esa circunstancia y se incorporó a la mili haciendo su período de instrucción en el Cuartel de Rabasa en Alicante. Tras la jura de bandera, con el fin de que no realizara esfuerzos innecesarios en marchas, maniobras y demás obligaciones del soldado, sus superiores consideraron que debían ponerle en un puesto de menor actividad física y le designaron como asistente personal del comandante Moratinos, licenciándose en dicho destino.

Ramón, emprendió su vida laboral en unos laboratorios farmacéuticos como visitador médico, pero a los pocos años dejó ese empleo para entrar a formar parte como ejecutivo de una importante firma de ropa y artículos deportivos.

Ramonico”, un deportista nato, llevaba el veneno del balón dentro de sus venas y no conforme con presenciar los partidos en la televisión o en el campo, participaba en pequeños entrenamientos sobre la arena de la playa, o con sus antiguos compañeros en partidos amistosos benéficos; práctica que también tuvo que abandonar por prescripción facultativa. No obstante, como no podía vivir sin el deporte, se aficionó al tenis que también llegó a dominar hasta que la enfermedad hizo mella en él y le apartó del deporte activo para siempre.

Contrajo matrimonio con Carmen Blázquez Herrero, hija del mítico futbolista del Real Madrid y del Hércules Ricardo Blázquez, lo hizo en la Concatedral de San Nicolás de Bari en Alicante. Fruto de su matrimonio fueron sus tres hijos: Ramón— hoy periodista gráfico del “MARCA”—; Bárbara—tenista, dos veces campeona de España en la categoría infantil, fue semiprofesional, pero abandonó su actividad deportiva al contraer matrimonio—; y Carlos, que se ocupa de la delegación de la empresa donde trabajaba su padre.

La vida de Ramón fue muy especial, llamado por el destino a ocupar un puesto importante en el deporte español, o, tal vez en el internacional, tuvo que renunciar por padecer una enfermedad que él mismo desconocía. Este carismático oriolano, querido y admirado por los que le conocieron fue prematuro en todo:

Armao” de excepción con tan sólo 5 años de edad de la mano de su padre.

Jugador de los alevines y juveniles en equipos oriolanos.

Con 17 años de edad, jugador profesional en el Hércules de Alicante.

Caballero de la Orden Honorífica de San Antón, sin haber cumplido los 18 años.

Formó parte de la Selección Española de Fútbol Sub-18 en seis ocasiones.

Con apenas 21 años, fue seleccionado dos veces vistiendo de nuevo la camiseta de internacional, en esta ocasión Sub-23.

También la enfermedad le visitó muy joven, pero no se rindió ante ella y como gran deportista que fue le plantó cara, supo regatearle ganándole la partida hasta el final. Su gran corazón, el mismo que le hizo ser un ejemplar hijo, un maravilloso esposo y padre de familia y un extraordinario deportista, un aciago 20 de enero de 2006, ya no pudo más y se rindió ante esa señora de negro que nos acecha a todos sin misericordia desde que venimos al mundo. Ramón, nuestro paisano “Ramonico”, se marchó de puntillas, sin hacer ruido, sin molestar. Con 60 años y dos días de edad, cuando sus paisanos, al igual que en su nacimiento, saboreaban las bolas de San Antón, el palmito y el turrón de panizo. Se fue, no sin antes dejarnos su modelo de vida, una vida ejemplar en lo humano y en lo deportivo. Ramón Navarro López, nuestro “Ramonico”, ha cumplido ese hermoso pasaje del evangelio: “…si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto…” (Jn-12, 24).

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Herculanos. Com

 

Carlos Fenoll Felices, poeta, exvecino de la calle del Horno de Orihuela

 

 

 

CARLOS FENOLL Y LA CALLE DEL HORNO

 

Cuando mis amigos, estudiosos hernandianos, se han enterado que fui en mi niñez vecino de Carlos Fenoll, todos me han animado a escribir algún artículo en este año del Centenario sobre mis recuerdos del que fuera entrañable amigo de Miguel Hernández y de Ramón Sijé, y compañero de ambos en las tertulias literarias de la tahona.

Efectivamente, el que esto les escribe, nació en la oriolana calle de Triana, pero con tan sólo dos años de edad nos mudamos a la calle del Horno de la Subida a San Miguel (ése era su nombre completo), allí permanecí hasta mi marcha a Madrid.

La calle del Horno comenzaba donde terminaba la plaza Caturla, estaba compuesta de dos hileras de casas unifamiliares, tan pegadas unas de otras que todos vivíamos casi en comunidad. Mi casa, al final de la calle, era la que servía de nexo entre las dos filas, siendo la de más altura y la única que tenía fachada orientada hacia la plaza Caturla. En dirección ascendente, a la izquierda comenzaba la calle con la taberna y vivienda de Teresa “La Chalá”, siempre abarrotada de albañiles y estibadores de La Lonja que almorzaban o cenaban en sus mesas el típico plato de habas hervidas acompañado del Jumilla. A continuación había un almacén cuyo propietario era un comerciante muy conocido por el sobrenombre de “Jeromo el del Puente”. Seguía una casa donde vivía José María Parra—sargento de Marina en la Base Naval de Cartagena— con su esposa Almudena García y sus hijos. En la parte de arriba residía Antonio “El Peladilla” con su esposa Josefa y sus hijos. Al lado tenía su vivienda Carlos Fenoll con su familia. Seguía la vivienda de Paco García, conocido popularmente por “El señorito Paco”, y su numerosa familia, los que peinan canas puede que lo recuerden por su indumentaria, siempre vestía con capa, sombrero y portaba un bastón. Hombre culto y meticuloso, su afición era tocar la guitarra en la intimidad, aunque nunca llegó a dominar este instrumento musical.

Dando la vuelta hacia la izquierda se encontraba la casa y obrador de la confitería Sevilla. Seguidamente la vivienda de Gabriel y Carmen, cuyo hijo era Pepe Tormo “El Chepaíco”, este hombre fue entrenador de juveniles, era muy buena persona, gustaba de organizar procesiones para los chiquillos, falleció muy joven en su casa, en la agonía, lo último que exclamó fue: “¡Viva María Auxiliadora!”

En la otra fila, subiendo a la derecha, en primer lugar estaba la casa de mi tía Concha, vivía con su marido y una numerosa prole, uno de sus hijos (Bienvenido López Riquelme), fue famoso jugador de fútbol, llegando a militar en primera división, siendo medio volante y defensa del Sevilla en los años 50, vistió las camiseta internacional sub 21. La vivienda contigua era la de mi prima Antonia, vivía con su marido Ramón “El Rondollo” y sus dos hijos: “Ramonico” y Conchita. El primero fue un gran jugador de fútbol que formó parte de la plantilla del Hércules, le quiso fichar el Atlético de Madrid, pero en el reconocimiento médico le detectaron una lesión cardíaca que frustró su carrera deportiva. Justo al lado vivía una familia de apellido Rada, creo recordar que eran oriundos de La Romana y fueron a parar a Orihuela por motivos laborales. Pegado a ellos y frente a la de Carlos Fenoll, vivía Rafael y su esposa Asunción, él era albañil y ella vendía plátanos en la calle del Río, sus hijos Rafael, Pepe y Margarita. Un poco más arriba tenía su domicilio Nicolás “El Barquillero”, este hombre en sus ratos de ocio tocaba la flauta con la nariz, su oficio era “menaor”, fabricaba sogas y cuerdas de cáñamo con “la mena” en la Cuesta de San Miguel por donde tenía salida su vivienda, su esposa Dolores, también vendía plátanos en el mercado. Dividiendo la calle, mi casa y la de Pedro Albarracín, conocido en toda la ciudad por “El Pipiripipi”, su esposa Carmen y sus hijos Teresa, Manuel, Fina y Carmina. Por entonces vivían de la dulcería que ellos mismos elaboraban.

La convivencia entre los vecinos era muy familiar, por las noches del duro verano las mujeres rociaban la calle y sacaban las mesas y sillas a la puerta para cenar “al fresco”, era el veraneo de los trabajadores, ninguna familia de aquella calle se podía permitir unas vacaciones lejos de su hogar. Pero centrándonos un poco más en el personaje que hoy nos ocupa, mi vecino de entonces Carlos Fenoll Felices, entre su casa y la mía sólo había una en medio, la del “Señorito Paco”. Él, como panadero trabajaba de noche, por el día estaba casi siempre en su casa, solía descansar en su puerta sentado en una silla baja de anea, se la ponía de lado apoyando su brazo derecho sobre el respaldo, siempre salía en verano vistiendo un pantalón bastante ancho para su fino talle y una camiseta blanca de tirantes, de las llamadas entonces de “sport”. Era un hombre extrovertido, dicharachero, buena persona, gustaba de contarnos cuentos a los chiquillos, nos recitaba poemas y cuando se sentaba en su puerta todos los críos andábamos siempre cerca de él para que nos relatara sus escarceos taurinos: “Que si le di una manoletina, que si tenía unos cuernos como un perchero...”. Sus hijos, Antoñito y Carlines, eran mis compañeros de juegos infantiles, jugábamos a las bolas (canicas) utilizando los hoyos que había en la calle que todavía su pavimento era de tierra. Cuando nos daba sed, entrábamos en su casa—las puertas de estas viviendas siempre permanecían por el día abiertas— y, sin más, nos dirigíamos a una tinaja de agua que había cerca de la cocina, y con el beneplácito de su amable esposa Ascensión, sacábamos con un cazo metálico el agua y tras ponerla en un vaso nos saciábamos —el agua potable la servían por entonces los aguadores a domicilio—. Ascensión Ávila, esposa de Carlos, era una mujer muy atractiva, yo en mi corta estatura la veía alta, se recogía su negro pelo sobre la nuca con un moño, de finos modales, vestía siempre elegantemente, mi madre y ella congeniaron mucho y llegaron a ser muy buenas amigas.

Carlos Fenoll pasaba gran parte de su tiempo leyendo o escribiendo sobre su mesa de comedor, era su gran pasión, pero también le gustaba el flamenco. Recuerdo que una calurosa tarde se encontraba “El señorito Paco” afinando su guitarra y Carlos, cansado de oírle tocar las cuerdas como si las mimara le soltó: “¡Paco, no temple más la guitarra y arránquese con un buen fandango!”. El pobre Paco no pudo hacerlo ya que apenas sabía interpretar algunos compases.

Carlos Fenoll era muy participativo, en aquella época las calles de Orihuela celebraban la Cruz de Mayo, se adornaban con ramaje de álamos, flores, banderitas y cadenetas, se ponían en los balcones cobertores y bombillas. La familia Fenoll colaboraba en todo ello como la que más.

La marcha hacia Barcelona de Carlos Fenoll y su familia, hecho que ocurrió—según un escrito de Leonís— en 1951, hizo que en aquella entrañable calle se notara el vacío que habían dejado. En la casa que había vivido se instaló una chica llamada Conchita que trabajaba cosiendo en su domicilio para algunas sastrerías de la ciudad. Su ausencia, la de su esposa y sus hijos, dejaron un poco huérfana a la calle del Horno.

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Angelino Fons en su época de director de cine en Madrid

 

 

ANGELINO FONS, GRAN CINEASTA ORIOLANO

 

 

Aunque el gran cineasta Angelino Fons Fernández nació el 6 de marzo de 1936 en Madrid, le consideramos un oriolano ilustre, ya que recaló en Orihuela con tan sólo 4 años de edad. Su padre, el doctor don Angelino Fons, nada más acabar la Guerra Civil se estableció en nuestra localidad dirigiendo su centro médico que se ubicaba entre la avenida de José Antonio y la avenida de Teodomiro. En la década de los 40 e inmediatas posteriores no se encontraba Orihuela sobrada de centros de asistencia sanitaria, por lo que, el “Sanatorio de D. Angelino Fons” vino a prestar un gran servicio a nuestra ciudad en aquella época.

Nuestro personaje estudió bachillerato en el colegio de Santo Domingo que, por entonces, era dirigido por los Jesuitas. Siendo todavía un niño tuvo que usar muletas durante una temporada de convalecencia por una dolencia cardíaca, padecimiento que le acompañó durante toda su vida. Para distraerse, al no poder practicar deportes ni actividades propias de su edad, decidió ir al cine diariamente, lo que despertó su vocación cinematográfica. Tras matricularse en la Universidad de Murcia en Filología Románica, abandonó estos estudios para hacerse alumno en la entonces llamada Escuela Oficial de Cinematografía (EOC), diplomándose en Dirección con el corto "A este lado del muro", obteniendo la mejor nota del curso.

Carlos Saura que había sido uno de sus profesores, solicitó su colaboración para escribir el guión de la película La Caza, (1966), y después Peppermint Frappé (1967). Debutó como director con La busca (también en 1967), basada en la novela homónima de Pío Baroja; y Stress es tres, tres (1968). Pero antes, en 1960 ya fue auxiliar de dirección de Marco Ferreri en la película El cochecito, film que ganó el Premio de la Crítica en el Festival de Venecia. Participó en el libreto de “Amador” de Francisco Regueiro. En 1969 dirigió Fortunata y Jacinta, basada en la novela homónima de Benito Pérez Galdós y, posteriormente, rodó Marianela (1972), así como Mi hijo no es lo que parece (1974) y otras como Separación matrimonial; La casa; De profesión polígamo; Emilia, parada y fonda; Esposa y amante, entre otros fueron los títulos que rodó en los setenta. En su prolífica carrera acometió toda clase de géneros: drama, comedia… y, hasta hizo sus pinitos en la moda de entonces: el cine erótico.

Angelino Fons en la década de los 80 filmó el drama Mar brava y la comedia El Cid cabreador, asimismo dirigió para Televisión Española varios capítulos de Las pícaras y La huella del crimen, además realizó los espacios informativos Vivir cada día y Crónicas urbanas.

Fons recibió varios galardones, entre ellos, el Premio Homenaje de ADIRCE (Asociación de Directores Cinematográficos Españoles), así como el Camaleón de Honor del Festival Internacional de Cine Inédito de Islantilla (Huelva). Posteriormente y al margen de su carrera cinematográfica, se dedicó a la que era su segunda vocación: la de escritor. Entre otras cosas publicó su ensayo El Quijote en el cine.

Hasta aquí tan sólo he relatado una somera semblanza de la trayectoria profesional de este gran cineasta, todo un especialista en adaptaciones literarias. Pero lo que me ha llevado a publicar este trabajo no ha sido otra cosa que recordar a Angelino Fons, amigo y paisano, tras su fallecimiento en Madrid el 7 de junio del 2011.

Mi aprecio por Angelino, cuya amistad viene ya de antiguo, queda patente en mi libro Orihuela, dulce pueblo editado en el 2006 donde, en el Capítulo VII titulado “Los cines de mi época juvenil” (pág. 47), inserto un cartel de la película La busca, como sencillo homenaje a este gran director, amigo y coterráneo.

Y antes de finalizar este modesto trabajo me gustaría relatarles a mis amables lectores una bonita vivencia que recordaré siempre con mucho afecto: Era el año 1959, Bartolomé Fons (a la sazón compañero mío de mili) y el que les escribe, nos dirigimos una tarde a casa de su hermano. Angelino se encontraba escribiendo en una portátil rodeado de papeles, lo dejó todo y nos bajamos hasta una cercana cafetería. Angelino, conocedor de mi afición por el cine, con su elegante amabilidad me invitó a asistir al rodaje de unas secuencias de la película El cochecito. Se rodaban exteriores al día siguiente por la mañana en la Plaza del Rey. Sin dudarlo un momento me presenté en el plató. Marco Ferreri, director del film, daba órdenes de un lado para el otro, Angelino Fons, ayudante de dirección, hacía lo propio. La escena, que por cierto se repitió 3 ó 4 veces con el consiguiente nerviosismo del director, era una en la que Pepe Isbert sentado en su coche de inválido tenía que hacer un recorrido ante el edificio conocido por “La casa de las 7 chimeneas”. Acabada la secuencia le pedí a Angelino que, si era posible, me presentase a Pepe Isbert, actor al que yo admiraba mucho, sobre todo por dos películas suyas que me encantaron: Bienvenido, Míster Marshall y Calabuch; así lo hizo, pero me recomendó que le diese el tratamiento de “Don José”, ya que toda la profesión sentía un gran respeto por aquel formidable actor. Nos acercamos los dos a Isbert en uno de los descansos y Angelino, dirigiéndose al actor le dijo: “Don José, le presento a Antonio, un paisano mío que le admira mucho”. El veterano actor me estrechó la mano y con aquella inconfundible voz me dijo: “Mucho gusto, es usted muy joven, ¿le interesa el mundo del cine?” Le respondí que no, que no tenía cualidades para ello, que acababa de ingresar en el ejército. D. José enseñándome la palma de la mano derecha y doblando un poco la cabeza con aquel gesto característico suyo soltó: “¡Ah, ah, eso es más importante!” Nos pusimos a sonreír por su ocurrencia y, tras cruzar unas breves palabras de cortesía, a las voces de Marco Ferreri todo el mundo ocupó su lugar en el rodaje.

Angelino Fons Fernández, este admirable cineasta e intelectual nos abandonó a los 75 años de edad, habiendo dejado para gloria del séptimo arte su prolífica y meritoria obra.

Estaría bien que nuestra ciudad le reconociera sus méritos y, aunque a título póstumo, se le nombrase “Hijo Adoptivo de la Ciudad de Orihuela”.

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A la izquierda, un jovencísimo Pedro Terol al comienzo de su carrera en una foto dedicada a sus tíos.

A la derecha, Pedro Terol es investido en 1973, Caballero de la Real Orden de San Antón de la Ciudad de Orihuela.

 

 

PEDRO SÁNCHEZ TEROL (“PEDRO TEROL”)

 

 

Con gran satisfacción recibo la noticia del merecidísimo homenaje que el Ayuntamiento de Orihuela ha tributado a su Hijo Predilecto Pedro Terol, poniendo su nombre al Conservatorio Municipal de Música.

De todos es conocida la trayectoria musical de este insigne oriolano que llevó la zarzuela a los más altos niveles de popularidad tanto en España como en el extranjero. Por tanto, es de justicia que este reconocimiento le llegara, aunque sea a título póstumo.

El que esto les escribe, siempre fue un gran admirador de Pedro Terol, y por lo tanto, aficionado a la zarzuela también. Siendo prácticamente un niño me gustaba escuchar sus romanzas y le admiraba tanto que, mi madre, amiga íntima de sus tíos, les hacía llegar mi pasión por su voz, y ellos me correspondieron regalándome una fotografía de su famoso sobrino que él les había dedicado. Yo no quise aceptarla porque estaba firmada para ellos, pero insistieron en que me la quedase.

Con el tiempo, debido a mi profesión, estuve destinado en el Campo de Gibraltar durante siete años, enterado de que Pedro Terol regentaba un hotel en la playa de Palmones, no lo dudé un momento, una tarde me dirigí hacia ese lugar y le encontré sentado en la puerta de su hotel en una butaca de asiento y respaldo de lona, estaba en bañador con el enorme torso que tenía tostado por el sol y la brisa de la Bahía de Algeciras. Cuando le dije que era de Orihuela inmediatamente se levantó y me dio un fuerte abrazo. Aquel encuentro fue muy bonito para mí, él recordaba a mis padres y, sobre todo a mi abuela Antonia, que vendía huevos en la Plaza de Abastos. Me dijo que volviese por allí con más frecuencia y así lo hice. Tuvimos ocasión de conversar durante varias tardes y lo pasamos muy bien ambos recordando anécdotas y cosas de nuestra Orihuela; naturalmente, salvando la distancia de edad.

Mi pasión por la figura y obra de Pedro Terol, creo ha quedado patente en mi último libro “Orihuela. Sus calles, sus plazas, sus gentes…”, donde hago una semblanza de su figura y publico su fotografía.

En esta ocasión, debo felicitar a la alcaldesa Mónica Lorente y al Ayuntamiento en pleno por esta feliz iniciativa, y me permito recordarles que todavía existen muchos hijos de Orihuela que han triunfado en el mundo del deporte, la cultura y otras facetas y esperan, aunque sea desde la eternidad, el reconocimiento oficial de sus paisanos.

 

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El catante oriolano Pepe Baldó, llevó el nombre de su tierra, tanto por España como por Iberoamérica 

donde cosechó numerosos éxitos.

 

 

JOSÉ BALDÓ JAVALOYES

"PEPE BALDÓ"

 

 

José Baldó Javaloyes. Cantante de flamenco del siglo XX, nacido en Orihuela (en la partida rural de Hurchillo), en 1935. Conocido como "Pepe Baldó", utilizó como nombre artístico el de "El Niño de Hurchillo". Fue descubierto en la década de los años 50 por el poeta y compositor gaditano Salvador Guerrero Reyes, que escribió para él la fantasía lírica titulada La mujer y la copla, que se estrenó en 1952 en el madrileño Teatro Jorge Juan, con enorme éxito de crítica y público. Al año siguiente se reestrenó, también en Madrid, en el Teatro Principal y con la colaboración de Maruja Lozano. Pepe Baldó obtuvo durante su carrera artística muchos triunfos, tanto en España, como en Iberoamérica, donde contaba con un sinfín de admiradores. Entre las canciones más destacadas de su repertorio, podemos citar: Juan Salvador, Nochecita de Orihuela, Velo Blanco, Coplas de arriero, La rosa del olvido, Ramita de hierbabuena, Entre Consuelo y María, Mientras tengas a tu madre, y muchas otras. Falleció el 15 de septiembre de 1991. El Ayuntamiento oriolano rotuló con su nombre un céntrico pasaje de la ciudad.

Fuente: Wikipedia

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El actor oriolano José Marco Davó, obtuvo un gran éxito, entre otras, en la película ¿Dónde vas  Alfonso XII?

Interpretando el papel de D. Antonio Cánovas del Castillo

 

 

 

 JOSÉ MARCO DAVÓ

Actor de cine y teatro

 

Nació en Orihuela, hijo de un oficial de la Guardia Civil,  se trasladó en su adolescencia a Madrid para cursar estudios en el Colegio Infanta María Teresa del instituto armado, donde formó parte de su cuadro artístico. En 1921 abandonó la carrera militar y se integró en la compañía de teatro de Emilio Portes y, más tarde, en la de Pedro Zorrilla y  Lola Membrives.  Su primer contacto con el mundo del cine se produjo a mediados de la década de 1930 con dos papeles secundarios en sendas adaptaciones de obras de Carlos Arniches para el cine: en 1934 Es mi hombre, dirigida por Benito Perojo y en 1935 intervino también como actor de reparto en la película Don Quintín el amargao,  dirigida por Luis Buñuel y Luis Marquina. Tras la finalización de la Guerra Civil y durante toda la década de 1940 se centró en su vocación teatral, fundó su propia compañía y trabajó con las de Rafael López Somoza y Carlos Garriga, con las que estrenó obras de su autoría, así como otras escritas en colaboración con Luis Tejedor y  José Alfayate. En 1951 regresa al cine con la película Alba de América,  a la que seguiría La guerra de Dios  y El alcalde de Zalamea, en 1953 y 1954 respectivamente. En 1955 intervino en Marcelino pan y vino, y durante los siguientes quince años se convirtió en un secundario habitual en las producciones cinematográficas españolas, hasta sumar un centenar de películas. Obtuvo un gran éxito en su papel de D. Antonio Cánovas del Castillo en la película ¿Dónde vas Alfonso XII?

Falleció el 27 de septiembre de 1974 en Torrevieja (Alicante).

Fuente: Wikipedia

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El gran ciclista oriolano Bernardo Ruiz (a la izquierda), conversa con el escritor y autor de  esta web Antonio G. Colomina

 

 

 

BERNARDO RUIZ NAVARRETE, CAMPEÓN CICLISTA

 

Bernardo Ruiz Navarrete, Nacido en Orihuela (Alicante) el 8 de enero de 1925. exciclista, profesional entre los años 1945 y 1958.

Fue tres veces campeón de España en ruta y una de montaña. Posee en su palmarés la